02 diciembre, 2016

LA UTOPÍA DE HOY

Del gran pintor Hans Holbein conservamos, entre otros, dos retratos espléndidos y bien conocidos: uno corresponde al rey Enrique VIII en toda su magnificencia y el otro, de carácter no precisamente austero, a Sir Thomas More (o Tomás Moro, según lo conocemos por estos pagos); a pesar de las obvias diferencias entre ambos, se aprecia, no obstante, la maestra penetración psicológica del artista de Augsburgo, que ya previamente, y no por casualidad, había retratado a Erasmo de Rotterdam. La extraordinaria e imponente tabla de Moro, hoy depositada en un museo norteamericano, data de 1527; Holbein la realizó en el periodo de esplendor intelectual y biográfico del humanista inglés, pocos años antes de ser enviado a la Torre donde terminaría sus días, tras oponerse con católica ferocidad a las liviandades matrimoniales de Enrique VIII y asimismo a sus «divinas» veleidades de concretas y terrenales consecuencias. Holbein capta a la perfección la sagacidad del hombre de letras y leyes, de religión firme y sólidos principios; también la solemnidad del Lord Canciller y la auctoritas del intelectual vinculado a las universidades de Oxford y Cambridge; en suma, su indiscutible dignidad. 
Once años antes de ese retrato, Tomás Moro había escrito su Utopía, un tratado tan breve como sustancioso en que propone un modelo de mundo ideal cuyos trazos albergan mucho de crítica hacia la sociedad y la política de su contexto coetáneo. En realidad, la idea subyacente en Utopía no es nueva: como buen humanista, Moro era perfectamente conocedor de la obra de Platón, y su República hubo de servirle de evidente inspiración, si bien más en el concepto que en el proyecto platónico en sí, con el que Moro no había de comulgar en exceso por evidentes razones de cronología y planteamiento. La reflexión acerca de la construcción de un mundo ideal no es extraña en absoluto al pensamiento humano; es una necesidad perentoria, por ser más precisos. Por el mismo motivo se crean los dioses o se perfila el lógos o se sientan las bases del pacto social: por el miedo a lo incierto y por el deseo de cambiar unas condiciones existenciales pocas veces satisfactorias, que se perciben como mejorables a poco que se medite sobre ellas. Tomás Moro pertenece a una época irrepetible, en la que él y otros pensadores y escritores imprescindibles en la Historia de la Humanidad, tomando y reciclando lo óptimo de los siglos precedentes, sientan cimientos intelectuales de los que aún hoy bebemos y cuya vigencia nos asombra.
La Utopía de Moro, pues, cumple en este año medio milenio de existencia. Hoy nos asomamos a sus breves pero intensas páginas y casi nos hace temblar la actualidad de este pequeño tratado que no era sino un compendio de tradiciones y recursos estilísticos y topoi varios: el viaje, el diálogo, el consejo al príncipe, la reflexión sobre la sociedad y la política, la persecución del bien común como intuición de que solo a través de este bien general puede lograrse un Estado pacífico y fructífero. Después de 500 años, la clase política, en la mayoría de sus manifestaciones, continúa avasallando a las sociedades que rige, y el sentimiento de malestar, abuso y descontento arraiga indefectiblemente en un «pueblo» —ese ente tan lejano y ajeno al poder— que sigue necesitando un ideal al que aferrarse, un sol propicio al que mirar sin quemarnos la visión en el intento. Leamos un solo párrafo de Utopía a modo de ejemplo: «Así, cuando miro esas repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas —¡Dios me perdone!— sino la conjura de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la república. Imaginan e inventan toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden. Y cuando los ricos han decretado tales invenciones, enseguida se convierten en leyes». Salarios precarios, prevaricación, legislación a medida… la terrible ficción, en nada obsoleta, de llevar a cabo «una política para el pueblo pero sin el pueblo». ¿Verdad que nos resulta familiar? Quevedo se arrodilló ante Utopía en su tiempo y nosotros hoy seguimos haciéndolo.
Se han señalado siempre como temas esenciales en Utopía la condena de la propiedad privada en tanto fuente de desigualdades, una federación sui generis como forma de organización administrativa, la repartición y reciclaje del trabajo… pero hay otros de igual o mayor calado: «Dejáis que se eduque a los niños deficientemente y que sus costumbres se corrompan desde sus primeros años, pero después los condenáis, al llegar a hombres, por faltas que en su niñez ya eran previsibles. ¿Qué otra cosa es esto más que convertirlos en ladrones y después castigarlos?». ¿Qué otra cosa se denuncia aquí sino lo que con pavorosa crudeza nos exponía Haneke en La cinta blanca?
El poder siempre resuelve sus falacias matando al mensajero. Así mataron a Moro hace 500 años. Así matarán hoy y siempre a todos los mensajeros de utopías.


25 noviembre, 2016

DICCIONARIOS Y BADAJOS. 50 AÑOS DEL "MARÍA MOLINER".

Sin duda, una de las joyas que atesora mi biblioteca familiar es la primera edición, de 1966-67, del Diccionario de Uso del Español de Doña María Moliner. Recuerdo la fascinación que aquellos dos gruesos tomos me provocaban ya desde niña: por puro azar, lo abría por una página cualquiera, y entonces me quedaba presa sin remedio, leyendo etimologías y usos y expresiones y sinónimos y antónimos y definiciones atinadísimas y conjugaciones de verbos inusuales y… Toda la lengua española estaba allí. Lo sigue estando.
Lo de Don o Doña yo lo uso pocas veces, y casi siempre por obligación. En el caso de Doña María Moliner, brota espontáneamente y por derecho. España tiene deudas sangrantes con intelectuales diversos, pero si pensamos en las trapacerías que han cometido escritores, filólogos y académicos con las mujeres, el sonrojo cede ante la indignación. Ilustres miembros de la RAE vetaron sillones a féminas aludiendo al tamaño de sus caderas (sic); algunos celebrados y públicos catedráticos cercenaron en pro de sus hijos mediocres las carreras de sus hijas brillantes por no poseer el preciado badajo entre sus piernas. Aún hoy, escritores y críticos siguen denostando a sus compañeras de oficio con modos carpetovetónicos. Muchas tertulias literarias siguen estando integradas solo por hombres, seleccionados con criterios cavernarios; lo mismo ocurre con premios y publicaciones y prebendas, copadas por los mismos elementos. Tal vez por eso el DRAE y las conversaciones de muchos de estos «sabios» siguen exhalando un tufo necrótico y rijoso.
Doña María Moliner —historiadora, filóloga y bibliotecaria, además de intelectual admirable, tenaz y progresista en tiempos de penuria— entregó su vida a ensalzar ese extraño objeto llamado libro y asimismo nuestra lengua. Su quehacer fue avalado por dos de los más insignes varones de nuestras letras: Don Dámaso Alonso y Don Rafael Lapesa. Pero Doña María cometió un error: realizar el mejor y más avanzado y atrevido diccionario moderno de la lengua española que hubo, hay y habrá… siendo mujer. Imperdonable. Vaya por él quien aún no lo posea.

21 noviembre, 2016

LA OBRA O LA VIDA

Hay personas que cuando se relacionan con un creador, con un artista, pretenden atracarle, arrebatarle una de las partes de su yo: deben elegir entre su obra o su vida; sobre todo si una de esas partes de su personalidad colisiona con las más inflexibles convenciones sociales. Ese fue el caso —por supuesto no aislado, aunque sí especialmente trágico— de la poeta uruguaya Delmira Agustini, muerta a la edad de 28 años a causa de los dos balazos que le metió su ex marido en la cabeza por salirse de la norma, lo que en su circunstancia equivalía a ser demasiado poeta y demasiado puta.
Es verdad que en la biobibliografía de Agustini se han querido acentuar los tintes eróticos de su poesía y existencia. Si bien el eros es un asunto importante en su obra —algo por otra parte muy común en las poetas hispanoamericanas, donde la sociedad es implacablemente restrictiva con la sexualidad femenina—, desde luego no es el único, aunque el montaje No daré hijos, daré versos lo subraya con específica intensidad como detonante de la infelicidad interior de la poeta y de su posterior y brutal fin. Dejando esa limitación a un lado —pues tal nos parece, ya que la obsesión por la escritura fue otro de los impulsos esenciales en la obra de la uruguaya—, el texto de Marianella Morena, dirigido por ella misma, es de un alto interés en concepto y desarrollo; no es de extrañar que haya sido premiado en su país y lo cierto es que ha sido una fortuna poder verlo en Santander, dentro de la programación del Palacio de Festivales de Cantabria.
Seis actores —tres mujeres, tres hombres— y tres actos dan cuerpo a tres momentos cronológicamente diferenciados de la vida/muerte, antecedentes y legado de la poeta uruguaya. En el primero de ellos se recrea la escena final, el cuartucho de pensión donde Delmira fue asesinada por su ex esposo y sin embargo amante, con la angustiosa retahíla de reproches y escalada de tensión entre ambos; los dos papeles se convierten aquí en seis con gran efectividad, recreando los diversos matices de la desolación y el desgarro y la angustia y la ira entre ambos. En el segundo, con cambio de vestuario y mobiliario incluidos a la vista del espectador, se nos traslada hasta una ácida visión del entorno familiar y social de Delmira, con el hombre como piedra angular del orden y la mujer como oveja sumisa que, si descarriada, debe ser sometida. En el tercer acto, con nuevo cambio radical y actualización de vestuario, asistimos a la subasta de algunos objetos personales de Delmira —cartas, la pistola letal, una grabación relativa al alquiler de la pensión— adquiridos por particulares, pues el gobierno uruguayo se desentiende del testimonio patrimonial de su poeta.
Morena aporta una obra intensa, angustiosa por momentos, satírica en otros —aunque de una sátira heladora—, trazando conexiones entre el coste de la creatividad artística y su percepción social, entre los papeles asignados y el precio de su transgresión, entre las frustraciones íntimas y su proyección al exterior; también, por supuesto, aborda las formas del terrorismo machista, que no parecen haber cambiado un ápice en los cien años transcurridos desde la muerte de Agustini.
La autora nos propone una visión tan audaz como multidisciplinar, implicando a sus actores —excelentes todos ellos, por cierto— en un agotador tour de force de cambio de registro e incluso de empleo de su voz en pasajes cantados. En suma, una obra inquietante y estremecida, conmovedora y reivindicativa, que esgrime como bandera la terrible mordaza social y sexual que denuncia y pisotea.

13 noviembre, 2016

ETERNA Y SIMBÓLICA NUMANCIA

En este fin de semana hemos tenido ocasión de asistir en la Sala Pereda del Palacio de Festivales de Santander a la versión de El cerco de Numancia dirigida por Paco Carrillo y con texto adaptado por Florián Recio. La obra ya había cerrado con éxito el Festival de Mérida del pasado año 2015, y desde entonces ha venido girando por diversos escenarios españoles hasta llegar al fin a nuestra ciudad.
El cerco de Numancia o La Numancia, a secas, como suele ser más conocida, fue en su momento, en el siglo XVI, una tragedia de cierto interés, concebida por Cervantes más con intención de laurear a su rey y denunciar los abusos del poder coetáneo que de reproducir un asunto de Historia Romana o de ensalzar un mero sentimiento nacionalista de la Antigüedad. Desde el punto de vista formal, La Numancia presenta una composición métrica a base de estrofas diversas —que Recio no conserva— y subraya el protagonismo colectivo de la ciudad asediada en uno de los episodios no por victoriosos más gloriosos del Imperio. Así pues, el propio Cervantes no escribió una tragedia de inspiración clásica sino una obra instrumental, simbólica, y este es el espíritu que, si bien remotamente, rescata Carrillo en su montaje.
Sin duda, los espectadores de los tiempos de Cervantes debían de parecer a su autor más inteligentes que los contemporáneos a Carrillo —y tantos otros—, pues si el áureo no introdujo acotación ni subtítulo alguno ad hoc, Carrillo se esfuerza en cambio de forma notable en subrayar las tropelías del soberbio poder descontrolado con imágenes de políticos actuales proyectados en pantallas laterales, como si no entendiéramos desde la primera intervención del coro que sí, que la historia que nos van a contar es eterna, cíclica —por no decir continua— y que los imperios y los poderosos van a seguir machacando a la chusma hasta el fin de los tiempos. Nos cansa ya un poco que incluso los autores teatrales —cuya base de trabajo es eminentemente textual— sigan pensando que una imagen vale más que mil palabras y que por ello proliferen como hongos en los escenarios las pantallas de proyección. En fin.
Y sin embargo, a pesar de lo actual y encomiable del mensaje, el montaje no acaba de conmover. A mí me emociona mucho más la transcripción literal que del terrible hecho histórico hace Tito Livio que este montaje teatral. Tal vez porque cuando leo a Tito Livio estoy leyendo una gran prosa y la sitúo en su contexto y la comprendo en su fiera realidad, y cuando veo el montaje de Paco Carrillo todo me suena a impostado y forzado por su pretendido dogmatismo; también me sobran los ruidos y las luces excesivas en un campo que debió de ser más bien sombrío. Resultaron especialmente impactantes las escenas del coro más que las de personajes, aun mostrando todos ellos —un elenco de nueve actores— la debida corrección. Las escenas principales tienen como protagonista a un buen Malandro (Manuel Menárquez) y a un Escipión (Fernando Ramos) resuelto aunque un tanto grandilocuente.
En suma, un montaje más atento al mensaje que a Numancia, que se deja ver pero que no entusiasma.

06 noviembre, 2016

CONCIERTO IMPERIAL EN SANTANDER

El pasado viernes tuvimos ocasión de asistir en la Sala Pereda del Palacio de Festivales a un concierto absolutamente excepcional: una interpretación de Les Nations, de Couperin, en versión íntegra, es decir, en sus cuatro órdenes —«La francesa», «La española», «La imperial» y «La piamontesa»—. Este casi prodigio —pues escuchar este ciclo maestro de Couperin, y más en su totalidad, es casi una utopía en las salas de conciertos españolas, e incluso en disco, pudiendo destacarse los registros de Savall y MAK— debió agradecerse al empeño titánico que viene desarrollando la Academia de Música Antigua de Cantabria por difundir entre el público la música antigua —medieval, renacentista y barroca— interpretada con criterios historicistas; algo que en toda Europa resulta absolutamente natural y fácil de escuchar, además de prestigioso, pero que en España topa con la resistencia secular que oponen el muro sinfónico y operístico decimonónicos, que copan sin desmayo y temporada tras temporada todas las programaciones de los auditorios hispánicos.
Bajo la dirección de Alfonso Sebastián al clave, músicos de las más diversas procedencias se entregaron a esa hermosa y monumental obra que pretendió en su día dar cabida a las tradiciones italiana y francesa, según reconoció en su momento el mismo Couperin. Y es que si las sonatas iniciales de cada uno de los órdenes constituyen un declarado homenaje al maestro Corelli —pues como tal lo tuvo Couperin en su ideario—, la alargada sombra de su también admirado Lully se manifiesta en las danzas subsiguientes. En realidad, las sonatas eran muy anteriores cronológicamente y habían circulado en múltiples copias por Europa, pero Couperin las rescató y retocó y les añadió las danzas francesas. El resultado fue «una de las cumbres del barroco europeo», como declaró al término del concierto el propio Alfonso Sebastián. Los músicos se mostraron absolutamente implicados desde el primer momento en tan complejo proyecto, un reto musical absoluto en duración , matices y dificultad. Los diálogos entre los violines —Irene Benito y Daniel García— fueron especialmente conmovedores y soberbios, pero el resto del elenco —Miriam Jorde, Rodrigo Gutiérrez, Francisco Guazo, Yifen Chen, Eyal Streett, la gran Catherine Bahn, Silvia Jiménez, Maurizio Piantelli y Jorge López-Escribano— dotó de los colores adecuados a cada orden, resaltando la elegancia francesa, la vitalidad española, la solemnidad imperial, la vivacidad italiana. El concierto se cerró a la francesa, con la repetición de la majestuosa chacona imperial.
Hemos de agradecer a la Academia de Música Antigua de Cantabria / Asociación de Música Antigua de Santander la organización de proyectos como este, a los que han precedido otras dos grandes veladas: el concierto de Secretvm, ensemble hispano-italiano, en Casyc, con un precioso programa de música isabelina; y el impresionante recital de músicas medievales del Mediterráneo a cargo del maestro Juan Manuel Rubio, que no solo ofreció un repertorio de fusión de diferentes tradiciones occidentales y orientales, sino que desplegó un auténtico espectáculo visual con sus maravillosos instrumentos —santur, oud, arpa gótica y zanfoña— que además complementó con atinadísimas y amenas explicaciones. La próxima cita será nuevamente en Casyc, con la soprano Raquel Andueza y Jesús Baena a la tiorba, el 19 de este mes. Casi nada. Se avecina un cálido invierno musical.

CASQUERÍA DE HOMENAJE

Este sábado en la Sala Pereda del Palacio de Festivales se ha estrenado Casquería fina, última obra del recientemente fallecido Isaac Cuende, cuya puesta en escena, a cargo de la sobradamente conocida compañía La Machina, ha servido de homenaje no solo al propio dramaturgo desaparecido, sino también como recuerdo a uno de los actores emblema de La Machina —Luis Oyarbide— cuya pérdida sufrimos asimismo hace escasos meses. Por otra parte, la compañía celebra en este año su 25 aniversario sobre las tablas, con lo que Casquería fina ha supuesto, por añadidura, una nueva y «festiva» oportunidad de subirse al escenario con una obra nueva.
El vínculo entre Isaac Cuende y La Machina tiene ya raíces profundas, pues no es la primera vez que la compañía cántabra da cuerpo a un texto del escritor. En concreto, esta Casquería fina es una suerte de continuación de una propuesta bastante anterior: La sucursal, aunque puede contemplarse de manera independiente. Sin embargo, si La sucursal estaba protagonizada por tres hombres —Fernando Madrazo, Luis Oyarbide y Alberto Sebastián—, en este caso al elenco se le han añadido dos mujeres —Patricia Cercas y Rita Cofiño—, en tanto que Manuel Menárguez ha sustituido a Oyarbide.
Si hemos de ser sinceros, Casquería fina no funciona tan bien como La sucursal. Si en esta se aportaba originalidad en el tema, con una visión ácida y descarnada de la realidad bajo un prisma emparentado con el absurdo, y subrayada por una metáfora muy bien desarrollada y explotada, en Casquería fina la adición de personajes no añade nada nuevo al concepto que ya se había expuesto entonces, salvo un tinte de misoginia y gore no exentos de humor negro que, por cierto, acontecen de forma precipitada en los cinco minutos finales, tras una hora de demorada acción.
Debe encomiarse el esfuerzo y entusiasmo de los actores por sacar adelante un trabajo difícil. Todos están bien y ayudan a hacer más «digestivo» el peculiar menú. Suponemos que la proyección final de los retratos de Isaac y Luis es un detalle sentimental que desaparecerá cuando la obra gire por otros lugares, pues puede resultar no competente para el espectador no cántabro. También debería moderarse la presencia continua del estribillo del acordeón, entre otras cosas porque su importancia en esta obra no es la que La sucursal exigía y además fatiga sensorialmente al auditorio.
En suma, un homenaje sentido, trabajado y merecido el que ha dispensado a Isaac Cuende La Machina, que en sucesivas representaciones irá encontrando más exacta identidad.

28 octubre, 2016

LITERATURA NORTEAMERICANA ACTUAL: LA DUDA Y LA TINIEBLA.

Estados Unidos nunca deja de ser noticia. De un modo u otro, las barras y estrellas siempre nos acompañan en nuestra vida cotidiana como un elemento imprescindible de nuestro devenir intelectual y existencial: el cine americano, el musical americano, el idilio del sueño americano, la falacia del sueño americano, el veto americano en las decisiones internacionales, el intervencionismo americano, la ciudadanía americana, la bandera americana, las series de asesinos psicópatas americanas. Tanto es así que el adjetivo americano ha venido a suplantar la identidad verdaderamente americana, cuando en realidad deberíamos hablar de lo norteamericano. A todos los asuntos diarios que suscitan nuestra atención desde las tierras del Imperio deben sumarse en los últimos tiempos dos más: las elecciones (norte)americanas y los premios Nobel (norte)americanos. Con los Nobel norteamericanos suele darse una circunstancia curiosa: no hay razón aparente para dárselos, pero se los dan. El propio Barack Obama, en un programa de televisión muy reciente al que se ha prestado con gran sentido del humor en una cadena de su país, afirma cuando le preguntan por qué le han dado el Nobel de la Paz que realmente no sabe por qué. De Bob Dylan este año cabría decir algo parejo respecto al Nobel de Literatura, y parece que incluso él mismo tácitamente lo piensa porque se está haciendo el sueco ante los propios suecos —eso sí tiene mérito— que le reclaman para homenajearlo.
Si de Literatura hemos de hablar, por fuerza no hay que buscar entre cantautores más o menos afortunados, más o menos entrañables para una determinada generación lastrada, precisamente, por pretéritas y cuestionables decisiones norteamericanas de calado mundial. La añoranza es mala consejera y se agrava con la edad: te encuentras un dinosaurio dentro de tu cuarto y luego no sabes cómo echarlo; si encima toca la armónica, molestará a los vecinos. Es mejor buscar un escritor.
Las «quinielas» del Nobel barajan cada año los nombres de varios autores norteamericanos, específicamente novelistas, más que poetas. La apuesta que más suele sonar es la integrada por los eternos candidatos Philip Roth (la mítica y controvertida El lamento de Portnoy le abrió las puertas de la crítica en toda su extensión y, por supuesto, obras como La mancha humana o La conjura contra América suman a su favor) y el enigmático e invisible Thomas Pynchon (por su gran e indigesto Arco iris de gravedad). A su misma generación pertenecen y también son apreciados Cormac McCarthy (es notable su Trilogía de la frontera) y Don DeLillo (Ruido de fondo, Libra, Submundo, de quien me gustan mucho más su certeros ensayos que sus tediosas novelas). Todos ellos recogen el testigo de una tradición de grandes narradores: Malamud o Bellow en el caso de Roth, Gaddis si pensamos en Pynchon, un austero Faulkner en el caso de McCarthy; DeLillo, por suerte o por desgracia, es inclasificable, aunque no ha faltado quien lo tildara de hermano menor de Pynchon, que a su vez sería un hijo deforme de Joyce. En su estela de edad y estética cabe citar también a Robert Coover (La fiesta de Gerald), admirador de Beckett y Joyce, posmoderno de solera. Sin embargo, es evidente que Bellow o Faulkner o Gaddis tienen infinitamente mayor interés que sus epígonos: nuestros candidatos practican una prosa de manifiesta pulsión sexual (por no decir obsexión: Roth y Pynchon pueden llegan a caer, y de hecho caen con recurrencia, en un manifiesto y egocéntrico mal gusto; en especial Roth causa sonrojo en sus últimas novelas) y una suerte de realismo o detallismo «confortables» que ha sido criticada por autores más jóvenes y experimentalistas como Nicholson Baker (La entreplanta), William Vollman (Europa Central) o el suicida David Foster Wallace (La broma infinita) o, desde otra atalaya bien diferente, por escritores atentos a la tradición decimonónica como el exitoso Jonathan Franzen (Las correcciones, Libertad, Pureza). Paul Auster, también de más reciente hornada, es otro de los embajadores de la novela norteamericana más consumida fuera de su país, con una obra impregnada de magia que ha ido decayendo con cada nuevo título publicado (nadie puede afirmar realmente cuántos libros ha escrito Auster, que empiezan a rondar el infinito). Pocos de estos autores, sin embargo, llegan a dar cuerpo plenamente a aquella revolución que predicó Steiner en su ensayo ¿Tolstói o Dostoievski?, según la cual la decadencia de las potencias europeas propició la brillantez de la novela norteamericana. Steiner hablaba entonces de los grandes novelistas del XIX y comienzos del XX, que hoy resultan maestros ya muy lejanos con hijos vagamente acomodados (aunque siempre hay excepciones: no puedo dejar de pensar en la tersa y admirable limpieza de John Williams o James Salter, de quienes un amigo mío malévolo dice que escriben tan bien que no parecen norteamericanos).
Este panorama eminentemente masculino deja de lado la aportación de las grandes escritoras norteamericanas, con  no poca frecuencia más interesantes que sus compañeros de oficio. Tal vez intencionadamente se suele enfatizar la obra de escritoras irregulares: la prolífica y reivindicativa Joyce Carol Oates, que es quizá el ejemplo más obvio —también eterna candidata al Nobel—, por no hablar de Toni Morrison, instalada en el mismo argumento políticamente correcto desde hace décadas (Beloved, Volver), o Marilynne Robinson (Gilead). Las excelsas aportaciones de escritoras como Carson McCullers (El corazón es un cazador solitario), Flannery O’Connor (Sangre sabia) o Grace Paley (curiosamente, todas ellas despuntaron en el cuento) se ve mejor representado por autoras como las veteranas Cynthia Ozick (igualmente cuentista), Joan Didion (El año del pensamiento mágico) o la acerada Janet Malcolm (El periodista y el asesino), la irónica Lorrie Moore (Al pie de la escalera), la original Lydia Davies (Samuel Johnson está indignado), la joven Nicole Krauss (La gran casa)… o el fenómeno editorial del último año, la gran Lucia Berlin, también muerta recientemente en circunstancias lamentables, cuya recopilación de relatos Manual para mujeres de la limpieza es sin duda un libro tan sorprendente como imprescindible.
En el terreno poético, Anne Carson —de nuevo una mujer— es una de las piedras angulares de la escritura norteamericana en verso (Decreación, Eros), lo mismo que Louise Glück, Fanny Howe (que yo sepa, sin traducir en España) o Sharon Olds (Satán dice, Los muertos y los vivos), aunque Carson —stricto sensu, canadiense de origen, si bien está radicada en Estados Unidos y allí ha escrito la totalidad de su obra— posee una sabiduría innata que la sitúa muy arriba. Su singular exploración del amor, del yo, del conocimiento, unida a su dominio de los recursos de los clásicos grecolatinos, la antropología, la historia o el ámbito de la publicidad, la convierten en un raro animal merecedor de un Nobel, pero sobre todo de una lectura muy atenta de sus libros y hasta de su Autobiografía de rojo, novela en verso. 
La norteamericana ha sido esencial en el devenir de la poesía del siglo XX: con la obra de Ezra Pound, de T.S. Eliot muy especialmente, de Wallace Stevens, de W.H. Auden, de E.E. Cummings… se abrió una nueva puerta al lenguaje que se enriqueció con las aportaciones de mujeres de poderosísima personalidad vital y literaria: la delicadeza de Hilda Doolittle, el lúcido tormento de Sylvia Plath, la reivindicación de Adrienne Rich, la sublime fiereza de Anne Sexton… que derritieron la frialdad conceptual de sus colegas masculinos en pro de un concepto muy próximo a lo confesional mas no por ello menos riguroso. Quizá en la poesía, en la verdadera poesía, más que en la prosa, radique el valor más indiscutible de la literatura norteamericana actual. Pero la poesía es poco amiga de los focos y los suecos suelen dictaminar con poca luz. Al lector corresponde rasgar la duda y la tiniebla.

18 octubre, 2016

REVOLUCIÓN DE MUJERES Y CRIADOS

Fue en 2010 cuando se descubrió en la Biblioteca Nacional un manuscrito del XIX que contenía una nueva obra de Lope de Vega que llevaba dormida siglos: ni más ni menos que desde que se escribió y representó, allá en su tiempo. Desde entonces, aparte de su remoto rescate por el erudito decimonónico, nada se había sabido de Mujeres y criados, pero el descubrimiento de la Nacional nos ha puesto en las manos una obra fresca, de enredo, que si bien no se inscribe ni de lejos en el mejor y más reflexivo Lope, sí que nos proporciona un texto divertido, trepidante, con pasajes muy ingeniosos y un punto revoltoso y reivindicativo en que los señores salen bastante mal parados en relación con las féminas —despiertas de intelecto y no de baja cuna, aunque tampoco de alcurnia— y los sirvientes de la trama —que en realidad tampoco son criados, sino asistentes de relativo rango—; criados como tales solo hay tres —Martes, Lope e Inés— y su papel es el de inevitables graciosos.
Del montaje son responsables en la dirección Rodrigo Arribas y Laurence Boswell, este último vinculado a la Royal Shakespeare Company. Un montaje escueto, por cierto, mas no por ello carente de funcionalidad: una suerte de caja de paneles desplegables con estores barrocos que en sus múltiples posiciones lo mismo sirve de palacio que de callejón que de huerto que de cámara. Muy bien ideado, y muy propio además para el ambiente eminentemente vodevilesco de la obra. Un acierto.
Por fortuna, predomina el respeto a la obra, con muy escasos recortes y pocas licencias estéticas, salvo en el esporádico acompañamiento musical —sones auriseculares con algún arreglo roquerillo— y un vestuario que podría calificarse «de época pero actualizado»; toques ambos lo suficientemente moderados como para no molestar ni resultar decididamente extemporáneos.
En lo referente a los actores, hay que alabar su correcta dicción del verso lopesco y la adecuada captación de una sintaxis tan enredada en ocasiones como la trama misma. Su capacidad dramática es también notoria: soltura y naturalidad predominan en todos ellos, sin excepción, ofreciendo personajes verosímiles y perfectamente encajados en lo que de ellos se espera, levantando con su muy buen hacer una obra que, como se ha dicho, por momentos desmaya en calidad. El entusiasmo predomina en la imparable vivacidad de los diálogos, en la implicada gestualidad e incluso en las escenas de espada y baile. Pablo Vázquez, Jesús Teyssiere, José Ramón Iglesias, Alejandra Mayo, Lucía Quintana, Alicia Garau, Javier Collado, Jesús Fuente… no se puede mencionar a todos, pero ciertamente bien lo merecen por dinamismo, gracejo y entrega.
En suma, buenos vassallos que quizá merecieran un mejor señor, pero que en todo caso nos ofrecieron una grata noche de teatro.