27 agosto, 2016

EMOCIONANTE BRILLANTEZ

La agrupación Balthasar-Neumann, en sus secciones instrumental y coral, fue fundada en los años 90 como homenaje al extraordinario humanista que le da nombre –arquitecto interesado en los jardines, las artes plásticas, la música… como un todo indivisible– y que vivió en tiempos del Barroco. Thomas Hengelbrock, responsable del ensemble y de su desarrollo, no pudo encontrar mejor referencia con que enarbolar un proyecto admirable que en la noche del jueves logró emocionar al público congregado en la Sala Argenta al amparo del Festival Internacional de Santander.
Todo en el Balthasar-Neumann va en conjunto, desde la propia elegancia presencial –impecable su director, de proverbial apostura, así como la alineación de la masa coral, de negro impoluto– hasta una ejecución musical sorprendente por la exclusividad de su sonido, su finura y contundencia. El programa combinó la Pastoral de Beethoven en su primera parte con la Misa en Si bemol Mayor de Haydn, Hob. XXII:14, conocida con razón como Misa de la Armonía, interpretada tras el descanso.
Hengelbrock condujo una Pastoral brillante, de apabullante paleta de colores, extrayendo de cada sección de la orquesta sedas y susurros, también los truenos requeridos por la célebre «Tormenta» añadida al esquema sinfónico clásico, como preludio a la definitiva y, en la batuta poderosa de Hengelbrock, efervescente pero espiritual alegría que perseguía el músico de Bonn, quien pretendió con su Pastoral demostrar su introspectivo amor por la Naturaleza y  «expresar sentimientos mejor que pintar sonidos».
Si la tersura de la cuerda, la delicadeza de los solos de viento y la exquisita redondez de los metales protagonizaron la primera mitad del concierto, en la segunda asombró la flexibilidad y el empaste del coro en su conjunto, integrado no obstante por espléndidos solistas que cumplieron con creces sus partes correspondientes, una vez más minuciosamente dirigidos por Hengelbrock. El refinamiento en las sopranos, la cálida dulzura en las contraltos, los aquilatados timbres en los tenores y la recia sonoridad en los bajos confirman por qué los miembros del Balthasar-Neumann-Chor son considerados como uno de los mejores coros del momento, y además unos excelsos intérpretes de una Misa y sin embargo gozosa composición del último Haydn.
No es de extrañar que la Sala Argenta correspondiera con aplausos sostenidos –premiados con una «creativa» propina de Haydn– un concierto ciertamente memorable, sin duda de los mejores escuchados durante este Festival. Ojalá en próximas convocatorias del FIS se continúen haciendo realidad programas como este.

26 agosto, 2016

FESTIVA LITURGIA VIAJERA

Con la iglesia de San Julián y Santa Basilisa en Isla a rebosar, tuvo lugar en la tarde del martes el concierto de la Capilla Jerónimo de Carrión, bajo la dirección de Alicia Lázaro, dentro de la programación de los Marcos Históricos del Festival Internacional de Santander.
El hilo conductor del programa … que me lleva la ola consistió en la recuperación de diferentes piezas compuestas para festividades de orden religioso (maitines, Corpus Christi, Navidad…) pero con un subrayado carácter popular, entendiendo este en su acepción de gracejo, festividad, celebración... por parte de una feligresía que quería rendir tributo litúrgico –no sé si deberíamos decir paralitúrgico– desde sus sentires más hondos y propios: el ritmo, la dulzura, la broma, la imitación de los acentos coloniales, las letras amorosas de ambiguo sesgo sacro-profano; bien lejos todo ello del estrecho corsé de la ortodoxia, del latín y del rito más intransigente.
Todas las piezas forman parte de la producción de los maestros de capilla del siglo XVII, viajeros y de muy diferentes procedencias, con preponderancia no obstante de los tonos conservados en la Catedral de Segovia. Debe resaltarse en Alicia Lázaro el rigor y tenacidad con que está llevando a cabo su valiosa acción investigadora de este desconocido repertorio –sus relevantes grabaciones en el sello Verso lo atestiguan– y además, ya en el concierto mismo, su impecable labor de dirección y de concepción del programa, con añadida atención al público –siempre muy de agradecer– prodigándose en explicaciones sobre el contexto de las piezas, firmadas por maestros como Irízar, Hidalgo, el propio Carrión, Bonet o el no suficientemente celebrado genio de Durón en este tricentenario de su fallecimiento.
En esta ocasión la Capilla estuvo integrada en la sección instrumental por una entregada Alba Fresno a la viola da gamba, una delicada Sara Águeda en su preciosa arpa de dos órdenes, un entusiasta Daniel Garay en la percusión y un muy encomiable Ignacio Gavilanes en el órgano. En lo vocal, se optó por dos tenores (muy dramático y con gran caudal vocal Miguel Mediano, muy elegante y sólido Víctor Sordo), mezzo (Adriana Mayer, con instrumento de precioso color, aunque debe esforzarse en mejorar la vocalización y la expresión) y soprano (la exquisitez del timbre de María del Mar Fernández Doval, su voz siempre perfectamente colocada, su finura y sus delicadísimas ornamentaciones nunca dejan de asombrarnos). Solo cabe reprochar la desigual percepción de las diferentes secciones del ensemble, achacables a la falta de idoneidad acústica del templo y que se acentúan desde su mitad hacia el fondo del mismo.
En suma, una disfrutable jornada que vino a confirmar la riqueza de nuestro acervo musical y la calidad de las propuestas siempre singulares de los Marcos.

16 agosto, 2016

RISTTUULES. Martti Helde. 2014.


Comercializada como In the crosswind. Ópera prima de Martti Helde. Por desgracia, estamos acostumbrados a muchas películas sobre el horror del exterminio, de las deportaciones en el marco de los conflictos bélicos, de las penalidades en los espacios de concentración. En realidad, y por desgracia, estamos demasiado acostumbrados al horror pasado y también al presente. En todo caso, como bien sabemos, ha habido horrores más rentabilizados cinematográficamente que otros, y Risttuules posa su mirada maestra en uno bastante desconocido para nosotros: la evacuación forzosa de miles de estonios a campos de trabajo en Siberia en tiempos de Stalin, y también el asesinato de muchos de ellos por tribunales militares que de tribunales tuvieron muy poco y sí mucho de pelotones de ejecución por motivos estrictamente étnicos. La acción nos traslada a Junio de 1941. Erna, su esposo y su hija Eliide son capturados y separados en dos trenes que los llevan a destinos diferentes del espanto: el esposo, Heldur, será torturado y asesinado pocos meses después; Erna y su hija acabarán en un campo de trabajo donde el único pago es un mendrugo de pan. La película, en un exquisito blanco y negro, se articula, desde un principio que evoca a un cierto Terrence Malick, con escenas de detalle de la felicidad de los protagonistas previas a su captura por el ejército soviético —protagonistas que son una metáfora de todo el pueblo estonio—, en trece cuadros como trece retablos, con imágenes suspendidas, congeladas, plenas de expresividad. Hay algo de barroco, de pictórico, en esos instantes detenidos por los que sin embargo el sonido sigue discurriendo: los sonidos del horror cotidiano, de los trenes del holocausto estonio, de las botas que se acumulan en pilas tras los fusilamientos de los hombres, de los susurros de las mujeres aterrorizadas entre los despojos de la tundra, de la música alegre que precede a la triste violación de una sumisa Erna, del hambre que acaba con la vida de la pequeña Eliide. Junto a estos sonidos, la voz en off de Erna, que va desgranando en una larga carta a su esposo, que este jamás recibirá, los recuerdos, el amor, el dolor, la vejación, su mísera vida, la aflicción sin nombre (quien pierde a un esposo es una viuda, quien pierde a un padre es un huérfano, quien pierde a un hijo no tiene nombre) por la muerte de la niña. Todo con una intensidad poética que contradice uno de los dichos más conocidos y desafortunados de Theodor Adorno.
Helde es un maestro del silencio, del no aspaviento, de la sencillez, del fuera de campo. Narra lo más espeluznante, lo más violento, lo más denigrante, lo más injusto, lo más pavoroso, con elipsis plenas de sabiduría, también con esas tablas de personajes cincelados con pasión sólida y solemne.
Erna —qué grande Laura Peterson— consigue sobrevivir a la degradación y años más tarde es liberada —las figuras recobran movimiento en la película— y regresa adonde solo queda ya el vacío. Helde termina su película con un final no por sabido menos angustioso. Las palabras de Erna quedan sepultadas en nuestros corazones como una paletada de tierra en una fosa profanada. Un diamante que nos desgarra como acero, Risttuules. Imprescindible.


Tráiler:


14 agosto, 2016

ALAS OCULTAS

Con tan bello título, procedente de un fragmento del oratorio handeliano El triunfo del Tiempo y del Desengaño, presentaron en el Festival Internacional de Santander las no muy programadas Trío Sonatas Opus 2 del Caro Sajón los integrantes (algunos de ellos) del grupo zaragozano Al Ayre Español, bajo la dirección de Eduardo López Banzo.
La Opus 2, aparte de escucharse muy escasamente en los auditorios, se caracteriza por su jovialidad y por su virtuosismo, también por la fuerte herencia veneciana que transmite, aun habiéndose marchado Handel ya de Italia varios años antes. La razón de esta aparente descontextualización estriba en que la Opus 2 empezó a ser concebida en 1717, aunque en realidad no se publicará hasta 1730, estando ya el músico plenamente instalado en Londres. Aparte de su intrínseca vitalidad, la obra exhibe momentos de intenso lirismo y hondura, y tales momentos, unidos al hecho de que vitalidad no debe confundirse con banalidad, hacen de esta música una delicia profunda con que Al Ayre Español quiso regalarnos este sábado.
Con un sonido limpio y brillante, las cuerdas fueron desenvolviéndose con perfecta soltura, con entendimiento pero con inteligente independencia, aportando cada instrumento los matices deseables, sin superponerse ni opacarse en ningún momento. López Banzo en el clave y dirección se desempeñó con agilidad y buen hacer. El primer violín, Alexis Aguado, tal vez en su entusiasmo, cometió algún desliz ocasional, pero en conjunto resultó entregado y exquisito. El violín segundo, Kepa Arteche, más pausado, dio la réplica perfecta. Violonchelo y contrabajo –James Bush y Xisco Aguiló– protagonizaron un continuo cálido y vivaz.
Ante la merecida ovación, López Banzo reapareció en el escenario, dio unas concisas pero certeras explicaciones acerca del programa, y el grupo nos obsequió con dos preciosas propinas: un extracto de las Trío Sonatas Opus 5, dedicado a una musa de Handel, bailarina, enmascarada tras el propicio nombre de Terpsícore, y una de sus célebres y velocísimas bourrées. Con tan buen gusto replegamos las alas y nos retiramos, tras una velada que de puro disfrute se hizo corta.

12 agosto, 2016

CELEBRANDO A CERVANTES

No puede decirse que en el año de Cervantes hayan proliferado los actos en su honor. Ha habido conmemoraciones variadas, evidentemente, pero no las suficientes ni, en general, del nivel que merece nuestro genio de las letras. Curiosamente, en el ámbito musical se ha prestado una mayor atención a las relaciones de Cervantes o de El Quijote con esta concreta manifestación artística, pues muchas son las referencias que de ella se hacen en la obra del novelista del Siglo de Oro. Así, está pendiente de inminente aparición un libro de ediciones Singulares (la colección músico-literaria del registro discográfico Glossa), a cargo de Emilio Pascual, sobre Cervantes y la música, aportación cuyo indudable rigor e interés presuponemos y aguardamos. En el mismo territorio de conexión entre las letras cervantinas y las músicas de su tiempo cabe circunscribir el programa que en la noche del jueves se pudo escuchar en el Paraninfo del Palacio de la Magdalena, dentro del Ciclo de Música Antigua de la UIMP. Los protagonistas fueron Capella de Ministrers y la soprano Delia Agúndez, que propusieron un concierto titulado Cervantes, El Quijote y la Música, articulado en cuatro secciones: un prólogo, dos partes y un epílogo.
Capella de Ministrers, bajo la dirección de Carlos Magraner, se caracterizan por el respeto a los proyectos que acometen, desde la partitura hasta el tratamiento histórico de las músicas trabajadas y su propia implicación en la transmisión de las mismas. En esta ocasión se echó tal vez en falta una breve introducción al porqué de su programa y su estructura, e incluso a la adecuada contextualización de las obras interpretadas, dada su heterogeneidad. No obstante, dejando a un lado este asunto, tanto Magraner (arco) como Robert Cases (vihuela y tiorba) como Pau Ballester (percusión) se comprometieron al máximo desde sus instrumentos, derrochando soltura y entusiasmo (muy en especial Ballester, castañuelas incluidas) a la par que respeto a las músicas. Al brío y lirismo combinados de las cuerdas, bien compenetradas, se añadió alguna osada improvisación, como la que se realizó sobre el célebre Yo soy la locura de Du Bailly (aquí Magraner sí realizó una advertencia previa), con acentos jazzísticos muy marcados (uso de escobillas en la percusión) sobre una pieza que es muy versátil y permite muchos registros.
En cuanto a Delia Agúndez, es una soprano lírico-ligera que exhibió un timbre destemplado en ciertos pasajes de registro agudo, sobre todo al comienzo de la noche (posteriormente atemperó mejor su instrumento), con algunas imprecisiones de color y vocalización y cierta rigidez en la declamación. A cambio, debe elogiarse su implicación dramática y su gracejo canoro, que se evidenciaron no solo en el propio programa sino en el bis que ofreció de Yo soy la locura, en que acarició a los músicos con voluptuosidad y se adentró en el patio de butacas, buscando dotar de intención a tan hermosa folía.

09 agosto, 2016

BRILLANTE VELADA RUSA

Grata fue la sorpresa que nos proporcionó en la tarde-noche del domingo el programa ofrecido por el Borodin Quartet, inaugurando el Ciclo de Cámara del LXV Festival Internacional de Santander. En esta edición, se ha optado, creo que con acierto, por trasladar los conciertos de cámara a la Sala Argenta. Esa acertada decisión logró que el concierto de esta noche pudiera disfrutarse en su plenitud aun teniendo en cuenta la austeridad escénica que supone un cuarteto de cuerda.
Los Borodin no necesitan presentación, pues su trayectoria es larga y, tras varias y fructíferas décadas, sobradamente conocida por el melómano. Sin embargo, sí fue sorprendente la elección del repertorio, poco habitual en los auditorios, en especial en su primera parte. En concreto, el conjunto se decantó por el Cuarteto en Sol Mayor, op. 33 núm. 5, Hob. III 41 de Haydn —el programa omite especificar que se trata del número 29, conocido con el subtítulo «¿Cómo estás?»—, cuyo valor reside, entre otras cosas, en ser prácticamente el primero en adoptar el nombre de 'cuarteto' como tal y en fijar la composición instrumental clásica de esta formación camerística. El Cuarteto 29, no obstante ser brioso, fue ejecutado con total corrección pero sin entusiasmo, con una cierta frialdad que lo hizo blando al oído del auditorio.
Quizá estaban los Borodin calentando, porque las piecitas subsiguientes del Children's Album, op. 39 de Chaikovski, con arreglo para cuerdas de Rostilav Dubinsky —primer violín del Cuarteto Borodin originario— fueron realmente deliciosas; y es que esta obrita aparentemente insustancial —sucesión de 24 breverías ¿para niños?— nos proporcionó pasajes verdaderamente sorprendentes, delatores del talento de Chaikovski y del virtuosismo de sus intérpretes. Exquisitas a mi entender fueron las de tema más propiamente infantil —las 8 primeras— y asimismo las 23 y 24, de logradísima ambientación en su fugaz duración. Una caja de bombones.
La segunda parte del concierto constituía el plato fuerte de la velada, con el conocidísimo y bello Cuarteto de cuerda núm. 2 en Re Mayor de Borodin, preciosa muestra del Romanticismo avanzado. Los rusos se crecieron y desplegaron aquí toda su maestría, haciendo alarde de técnica, emoción y una absoluta compenetración. Vladimir Balshin es una fiera contenida al chelo, demostrándolo en todo el cuarteto pero con exquisitez suma en el Scherzo y el Final. La viola de Igor Naidin brilló extraordinariamente en el Nocturno y el Final, tejiendo un precioso encaje con los violines de Ruben Aharonian y Sergey Lomovsky (segundo violín). Su pureza de líneas, colorido excelso y asombrosa precisión fueron premiados con un sonora ovación, a cambio de la cual los rusos nos obsequiaron con otra pieza de Borodin como propina, un movimiento de la Sérénade espagnole: broche cortés para una agradable velada rusa.

08 agosto, 2016

EMOCIONANTE PASIÓN INAUGURAL

Riesgo y emoción dominaron la gran jornada inaugural de esta LXV Edición del Festival Internacional de Santander. Riesgo, porque una bachiana Pasión según Mateo a comienzos de agosto, en un entorno de descanso estival poco propicio a la estricta ubicación temporal y litúrgica de aflicción que en realidad supone una Pasión, obviamente vinculada a la Semana  Santa, añadido a la duración y densidad de la obra, supone todo un reto. Emoción, por un lado, porque las oportunidades de gozar en vivo de esta inmensa obra son escasas, máxime con la calidad que hacía presuponer la versión a cargo del Maestro John Eliot Gardiner con sus English Baroque Soloists y el Monteverdi Choir; por otro, porque sumergirse en la hondura espiritual de la PSM en estos tiempos de desazón y desafecto que se viven a todos los niveles supone una reconciliación con la civilización, con los principios más esenciales y encomiables del ser humano y con los presupuestos del arte como consuelo y fuente de elevación y belleza.
Decir Gardiner y decir Bach es hablar de un binomio perfecto, de un mecanismo de relojería que funciona a la perfección, pero con esa extraña perfección de los carillones de las iglesias antiguas, en que lo exacto se complementa con la expresividad y la entrega: porque no solo hay técnica, sino un gran hombre que siente y vibra con lo que hace, con aquello a lo que ha dedicado una gran parte de su vida, estudiando con rigor, plena dedicación y amor. Ver al Maestro dirigiendo y silabeando al mismo tiempo el texto de la obra da una idea de la compenetración del director con la obra bachiana. Gardiner no se limitó, pues, a dirigir, sino a siluetear con precisión asombrosa cada minúsculo matiz, por supuesto de la orquesta y del coro, pero incluso de la interpretación de los solistas.
De la PSM de Gardiner se pueden resaltar muchos aspectos, pero por cuestión de espacio señalaremos solo algunos. Entre ellos, el enorme acierto que supone despojar de partituras a todos los cantantes en el escenario. La intensidad interpretativa de coro y solistas se multiplica infinitamente, y con ello la naturalidad en sus oscilaciones entre el arrebato, la furia, la ternura y la piedad, en una obra que combina con pasmosa sabiduría los sentimientos más contradictorios del ser humano individual y colectivo. También debe subrayarse el exquisito sentido teatral que de la PSM expone Gardiner, moviendo los distintos elementos vocales como sobre un tablero de ajedrez, alejando y acercando a los solistas conforme a su texto, haciéndolos entrar y desaparecer de escena con acierto absoluto. En la misma línea, trabaja Gardiner la disposición del coro, en dos bloques compactos y enfrentados, y la orquesta en paralelo, de la que se permite extraer a primera línea instrumentos solistas para dialogar con las voces protagonistas.
Descendiendo al detalle, debe alabarse sin excusa la memorable intervención del Evangelista, James Gilchrist, con una voz de precioso timbre aterciopelado, perfectamente colocada y proyectada, con una articulación magnífica, y que además cantó también sin partitura, deleitándonos con una identificación emocional con su personaje como pocas veces se ha visto y se verá en Pasión alguna. Impresionante. El Cristo de Stephan Loges, sin llegar a tan excelso nivel, nos regaló no obstante unos pasajes de sobriedad y solemne aflicción decididamente satisfactorios con su bello instrumento, de una envolvente calidez, manejado con excelente técnica y adecuada expresión de sentimiento. Frente a estas voces tan reseñables, cabe decir en cambio que el resto de solistas no estuvo a la misma altura. Salidos de las filas del coro, por expresa elección del Maestro Gardiner, que concibe así sus PSM, lo cierto es que trabajan muy bien su sección declamatoria, y en sus arias —también minuciosamente dirigidas por Gardiner— logran momentos de nostálgica emotividad, pero en ocasiones sus voces resultan pequeñas en su diálogo con el instrumento de turno, de modo que aunque cumplen con el sentimiento de cada pasaje de la obra, nos quedamos un poco ad portas en arias sublimes del Kantor como «Buss und Reu», «Aus Liebe» o «Erbarme dich».
Instrumentalmente, la orquesta estuvo impecable, según costumbre: flexible y atenta a los infinitos colores de la partitura. Hay que mencionar la ensoñada melancolía del violín de Kati Debretzini y la íntima fiereza de la viola de gamba de Reiko Ichise.
El Coro Monteverdi fue quizá la suprema delicia de la noche, con entradas perfectas, exquisitas dinámicas, maravillosas gradaciones de volumen, con ataques sobrecogedores como un soberbio «Sind Blitze», unos hermosísimos «O Haupt voll» y «Wenn ich einmal»... Para qué seguir enumerando. Nos pusieron a sus pies.
Por último, se hace preciso también mencionar las acertadas intervenciones de los niños de la Escolanía Easo, que abrieron y cerraron la Pasión en bloque compacto junto al Monteverdi Choir sin desentonar ni un ápice en belleza y musicalidad.
En suma, una noche conmovedora y especialísima que esperamos preceda a otras no menos atractivas en esta nueva edición del FIS.