Imaginen ustedes un programa de
televisión conducido por una instrumentista glamurosa que se llamara algo así
como “Toca o muere” o “A ver quién es más rápido”. La instrumentista es de
altura, de las grandes, de las que tienen en su haber registros gloriosos.
Pero… la caja, la vanidad y el espectáculo todo lo envilecen. Y entonces ese
programa sería imposible de soportar.
Si la estampa nos la imaginamos
en la Sala Argenta del Palacio de Festivales se nos ponen un poco los pelos de
punta. No es el lugar para ese tipo de rallies televisivos. Es el Festival
Internacional de Santander. Pero he aquí que se nos presenta en escena
Anne-Sophie Mutter enfundada en un largo vestido rosabarbie y arrastrando cual
cola de sumisos a sus becarios o exbecarios: sus virtuosos, modelados
supuestamente a su imagen y semejanza. Ya todos en posición, comienza el
espectáculo: oh, el espectáculo. El programa anuncia el Concierto para tres
violines, orquesta de cuerda y bajo continuo en Fa Mayor RV 551 de Antonio
Vivaldi, pero yo no lo oigo. Simplemente veo a tres músicos desaforados que
parecen seguir un metrónomo de 280 ppm, por lo menos, exprimiendo a tope las
cuerdas de sus sufridos violines. Lo que tocan no importa. Solo vemos un
descapotable despeñarse por una carretera de montaña cuesta abajo. No hay
matices, no hay contrastes, no hay espíritu veneciano. Los acompañantes,
situados tras los tres violinistas kamikazes, hacen lo que pueden,
completamente desorientados. Empastarse es tarea inútil cuando vas en un Panda
e intentas seguir la pista a tres Lamborghini descontrolados.
Termina esa primera intervención
y se acomete el Concierto para violín núm. 1 en la menor BWV 1041 de Bach.
Escuchamos unos ataques totalmente carentes de elegancia y unos tempi de una
aceleración insostenible, aunque lo peor estaba por llegar: cuando Mutter asume
como solista el segundo movimiento, somos testigos de increíbles desafinaciones
y de extravagantes ornamentos encaminados a disimular los errores técnicos. No
nos lo podemos explicar: sabemos que el barroco no es la especialidad de
Mutter, pero tampoco era necesario descender tantos niveles en el camino hacia
el Averno. Por otra parte, la exquisita sensibilidad de este maravilloso
concierto no se apreció ni un solo instante. Mutter estaba con la mirada
perdida, como pensando en la lista de la compra, mientras “el viejo peluca” se
agitaba en su tumba.
La primera parte del concierto se
cerró con mayor dignidad: el Nonet de André Previn, ex marido (hoy ya
fallecido) y “alma gemela” de Mutter, según palabras de la propia violinista
que leí alguna vez en alguna publicación. Aunque la obra no es especialmente
relevante, lo cierto es que el conjunto se encontraba mucho más en su estilo,
renunciando a las extravagancias previas y dejándonos al fin escuchar un poco
de música. Es verdad también que Nonet se compuso en 2014 especialmente para
Mutter y sus virtuosos. El tono de la obra es oscuro, especialmente en su
segundo movimiento, recordando vagamente a un tardío Shostakóvich, y de una
belleza serena que acentuó la, aquí sí, compenetración de los instrumentistas.
La segunda parte de la velada
volvió a desestabilizarnos con el Concierto de Brandenburgo núm. 3 BWV 1048.
Al fondo había un señor en un clave al que apenas se oía y hubo lucimiento
escalado por parte de los violines y de la cuerda en general, en el sentido de
capacidad de frotación de su instrumento. Sin duda, las cuerdas debieron de
quedar bien abrillantadas –quizá adelgazadas– para una buena temporada.
Dejando al fin tranquilo a Bach,
se acometió un Concierto para violín en La Mayor op. 5 núm. 2 de Joseph
Bologne. Una obra menos conocida para el público y que se presentó para
lucimiento de Mutter, un poco más inspirada que en el Bach precedente. No dejó
de llamar la atención que en ningún momento ella dirigiera a los músicos: solo les
hacía gestos pusilánimes, pero en ningún instante hubo intención de dirección
(que, francamente, se echó en falta, y mucho).
Las masas enfervorecidas –la sala
estaba llena al 90%– demandaron una propina y de nuevo se nos martirizó con un
Vivaldi, un tercer movimiento del verano de las Cuatro Estaciones, con cuya
velocidad supusimos que muy pronto llegaría el otoño a nuestros corazones.
Fue una lástima que unos instrumentistas tan buenos –porque realmente lo eran– quedaran deslucidos por un planteamiento tan desafortunado. Es el precio que impone someterse al espectáculo.