Ha sido este 75 Festival
Internacional de Santander una sucesión de sorpresas, celebraciones,
conmemoraciones… Es verdad que no se ha podido pedir mayor sucesión de felices
casualidades, y es de esperar que en las sucesivas convocatorias podamos
disfrutar de un Festival que cuente con, al menos, la calidad y emotividad de
este; con la ayuda correspondiente, como por otra parte es obvio, de quienes
pueden hacerlo factible desde una posición de decisión real, y en cuyo
prolongado y futuro apoyo confiamos.
Si en este FIS, como
decíamos, ha habido noches de innegable altura –la recuperación de la ópera, el
concierto de la Mahler Chamber Orchestra con Harding y Trifonov, el recital de
Sokolov, el éxtasis de Eliot Gardiner y sus Contellation Orchestra&Choir…–,
sabíamos casi con absoluta certeza que el cierre previsto no nos podía
decepcionar en lo más mínimo. Y, en efecto, la presencia de la Orquesta del
Festival de Bayreuth, que ha salido de su maravilloso templo para hacer una
pequeña gira por España, con motivo del sesquicentenario de la fundación del
festival bayreuthiano por el mismísimo Richard Wagner, nos ha deparado el fin
de fiesta que la organización del Festival y su fiel público se merecían.
Era difícil, muy difícil,
para el director que había de guiar a esta magnífica agrupación, el fantástico
Pablo Heras-Casado –cada vez más adicto a Wagner y experto en su obra, según
hemos podido ir siguiendo en su más o menos reciente trayectoria–, elegir
pasajes concretos de la gran tetralogía wagneriana. Podrían haber sido decenas,
pero estimamos que Heras-Casado se ha decantado por pasajes de especial emoción
más que por páginas más exaltadas, y entendemos que ello ha constituido un completo
acierto.
Es evidente que no se podía
prescindir de la “Entrada de los dioses al Valhalla”, que inmediatamente nos
mostró el asombroso poder de la orquesta en todas sus secciones, no sólo en
capacidad sonora sino en matices, contrastes, suntuosidad, dramatismo. El
maestro condujo a este impresionante monstruo con gran sabiduría y atención a
los detalles, pero sin recrearse en excesos acústicos ni tampoco en melindres
en los pasajes más líricos. De brutal puede caracterizarse la primera
intervención del cantante norteamericano Jonathan Brownlee, bajo-barítono que
encarnó a Wotan, quien apareció en escena con imponente aspecto en el precioso
“Abendich strahlt der Sonne Auge”; particularmente, me dejó clavada en la
butaca su poderío vocal (capaz incluso de superponerse a la orquesta sin
dificultad), su proyección, la belleza de su timbre, la exquisitez de su fraseo
y acentos, y hasta de su pronunciación. Después de escuchar a Wotan, un
verdadero dios –sin duda la mejor de las tres voces de la noche–, Heras-Casado
continuó recreando la atmósfera perfecta para la aparición de Siegmund, en su
doliente monólogo “Ein Schwert verhieß mir der Vater”, en este caso a cargo de
Klaus Florian Vogt. Vogt ha sido siempre uno de los clásicos tenores
wagnerianos, aunque su voz se resiente ya y evidencia algunas carencias de
proyección –sobre todo en el registro bajo– y de intensidad que, sin embargo,
sabe suplir con el dominio de una técnica exquisita y un bonito fraseo. Tras
él, regresó nuestro anhelado Brownlee con esa maravillosa página que es
devoción y castigo hacia su amada hija Brünnhilde (“Leb wohl, du kühnes,
herrliches Kind!”), un maravilloso oxímoron que nos conmovió profundamente,
máxime desde la solemnidad y nobleza de un Wotan desolado pero inquebrantable,
casi acunado por la densidad y la increíble paleta de color que Heras-Casado
supo extraer de la orquesta en ese momento que cabe calificar de único en la
historia de la ópera.
Posteriormente, Siegfried
hace su aparición con páginas de La Valquiria: sus “Murmullos del bosque”
(“Waldweben”), de nuevo en la voz de Vogt, de algún modo sirven de introducción
a la gran Catherine Foster, en una sublime interpretación, por expresiva, de la
“Eterna fui” (“Ewig wari ch”) de Brünnhilde. Foster acusa, igual que Vogt, un
cierto desgaste vocal, pero es tal la pulcritud de su técnica y su garra –qué
ataques al registro agudo presenta todavía–, además de su apabullante implicación
emocional en su texto, que causa esa impresión imborrable: la de ser una
extraordinaria dama del canto wagneriano, conocedora de los resortes de su
misteriosa seducción.
Tras el descanso se nos
reservaban pasajes bellísimos de El Ocaso de los Dioses. Heras-Casado volvió
a lograr construir deliciosas atmósferas que lo mismo nos mostraban el
esplendor de la naturaleza que la arrolladora impotencia con que presenciamos la
desaparición de nuestros admirados personajes y el desvanecimiento de un mundo
que recupera su autoridad a costa de la desaparición de otro: no hay nacimiento
que no implique una muerte, como la poesía nos ha recordado secularmente. Las
maderas sonaron en esta parte con absoluta brillantez, y qué decir de la sobrecogedora
limpieza de los metales. Siegfried se despide de su esposa sagrada
(“Brünnhilde, heilige Braut!”) mientras hace su aparición la marcha fúnebre que
el maestro dirige con total acierto y solemnidad, con sobrio control de las
dinámicas. El regreso a escena de Brünnhilde, envuelta en un manto rojo sangre –tal
vez rojo fuego–, con su desgarrador “Strake Scheite schichtet mir dort”, en que
clama por la construcción de una pira para proceder a su inmolación, resulta estremecedor
a la vez que catártico, como lo es su devolución del anillo maléfico a las
aguas de la que jamás se debió extraer. Foster cantó con dramatismo y
resolución, espoleando a su caballo Grane, en sintonía perfecta con una
orquesta noble y firme que de este modo enmudeció.
Como era de esperar, los
bravos atronaron el espacio de la Sala Argenta, y tras numerosas salidas y
saludos, no podía faltar una arrolladora interpretación de la “Cabalgata de las
Valquirias” que acabo de enfervorizar al público de la jornada final del FIS.
Ha sido esta otra velada histórica que, más allá de amores wagnerianos,
evidencia que la música es necesaria más que nunca en estos tiempos convulsos y
prosaicos de Estupidez Artificial.
