La compañía de baile de
Blanca Li aterrizó por estos pagos del Festival Internacional de Santander en
este reciente lunes con una preciosa coreografía sustentada en la ópera Dido y
Eneas de Purcell; una coreografía, por cierto, que por mi parte ya tuve
ocasión de ver cuando fue programada en conjunción con la mencionada ópera (musicalmente a
cargo de William Christie con Les Arts Florissants) por el Teatro Real de
Madrid, aunque decidiera escenificarse en los Teatros del Canal por razón de su
reducido formato y duración. Lo que hace Blanca Li en esta entrega en el FIS es
utilizar la grabación de la base musical de William Christie y los suyos para
repetir –mejor, reinterpretar– aquella gloriosa jornada que se pudo contemplar
en Madrid hace tres años.
El programa entregado al
público no es exacto, dado que lo que vemos en escena no es solo el célebre Dido
y Eneas, sino que éste se encuentra precedido como una suerte de prólogo de
otra composición, Celestial Music did the Gods inspire, también de Purcell, y
escrita el mismo año que Dido y Eneas, en 1689 (el programa de mano lo
menciona de pasada, en letra minúscula y de forma confusa). Ya cuando vi el
montaje madrileño no me pareció una buena idea incluir este remiendo, pero en
la versión estrictamente coreográfica me lo pareció aún menos, pues supone dos importantes
reparos: emborrona la historia perfecta de la cartaginesa y el troyano con algo
que no viene demasiado a cuento, y oscurece la preciosa obertura del Dido y
Eneas, que merece atención explícita en sí misma.
Por lo demás, y con esto
acabo ya con las objeciones –no menores, por cierto–, hallándonos ante una
coreografía basada de forma tan evidente en una ópera –más allá de que, como
expresa Blanca Li en su presentación, intenta también con su coreografía
reflejar silencios y sentimientos no cantados expresamente–, lo cierto es que
hubiera constituido un acierto total incluir los sobretítulos de la ópera en el
desarrollo de las escenas, máxime teniendo en cuenta la belleza del libreto de Nahum
Tate y el delicioso desempeño de música y voces. Porque, no vamos a andarnos
por las ramas, es muy posible que hubiera en la sala varias personas que jamás
hayan escuchado la obra purcelliana, o al menos no en su totalidad, con lo que
muchos de los números perdían su íntimo y exquisito significado –que lo
tenían– al tener que recurrir el espectador al arte de la adivinación.
En lo que se refiere a la
coreografía en sí, no puede sino alabarse su belleza, tanto en los solos como
en los sugerentes dúos amorosos y en las intervenciones del cuerpo de baile
(diez bailarines de exquisito desempeño). Hay que decir que el recurso más
llamativo de la obra, sin duda, fue el desarrollo de la misma sobre una lámina
acuática que los propios bailarines arrojaron con calderos sobre el escenario.
Ese recurso permitía deslizamientos del cuerpo de baile al completo de
extraordinaria belleza y precisión, a la vez que inducía a los bailarines en
solitario a un control total de su cuerpo y movimientos. Este espectáculo
acuático resulta muy apropiado en el contexto de Dido y Eneas, pues por mar
llega Eneas a Cartago, la arrolladora tormenta que se desata tras el aquelarre
de las brujas y fuerzas del mal es asimismo determinante, y el mar es de nuevo
el fondo sobre el que se produce el desgarrador suicidio de Dido, el frustrado
intento de retorno de Eneas ante la visión de su amada muerta y el conjunto del
cuerpo de baile que, deslizándose a modo de nívea embarcación, se aleja de la
terrible escena final llevándose consigo al ¿héroe? a cumplir con su destino.
El uso del agua no puede
decirse que sea original en el entorno de la danza, ni siquiera en el contexto
de Purcell. Recuerdo ver en el Teatro Real un llamativo montaje de Sasha Waltz,
allá por el 2018, con acuarios de cristal dentro de los que los personajes flotaban y se
movían. Y cómo olvidarse de la celebrada coreografía de la gran Pina Bausch de
2006, en que los danzarines bailaban como poseídos en un gran charco de agua
en el suelo del Coliseo de Carlos III de El Escorial, aunque con una banda
sonora bien distinta.
Estos precedentes, sin
embargo, no constituyen ningún demérito en el montaje de Blanca Li, que
asistida en la escenografía por Nina Coulais y en la fantástica iluminación por
Pascal Laajili, nos hicieron disfrutar con coreografías delicadas e intimistas
(incluso en el precioso encuentro sexual de Dido y Eneas), sumiendo en la
oscuridad a los personajes más siniestros, mientras que los momentos mas
jubilosos o extáticos –de éxtasis– adquirían una pátina dorada maravillosa.
Finalmente, nos levantamos con ese lamento final que hace aflorar las lágrimas
y destroza el corazón: “Ah, remember me, forget my fate.”
