En todo buen festival hay
noches de gloria y noches de saludarse, escuchar y marchar. Más o menos lo
segundo ha sido lo que ha ocurrido con la esperada reaparición en Santander, en
el marco del Festival Internacional, de la Filarmonica della Scala, agrupación
de la que siempre cabe esperar mucho, máxime estando dirigida por Riccardo
Chailly, el milanés que ha regresado “a casa” tras dirigir algunas de las
orquestas con más cuerpo y renombre de Europa. El programa era muy ruso: el
Rajmáninov joven de La roca, op. 7, y el maduro del Concierto núm. 4 para
piano y orquesta en sol menor, op. 40 en su primera parte; y en la segunda, el
bien conocido Chaikovski de la Cuarta sinfonía en fa menor, op. 36. El
concierto de piano venía respaldado por la presencia de otro de los “niños
prodigio” que tanto se nos venden ahora en música; en particular, el joven
pianista ruso Alexander Malofeev.
En La roca demostró la
orquesta su enorme potencial, alternando la solemne gravedad de las cuerdas de esa
escena nocturna que recrean con un lirismo bien dibujado, en un diálogo bien dibujado
con los vientos. Nos encontramos ante un breve poema sinfónico de un compositor
muy joven y con muchas influencias que sobresalen por aquí y acullá. Restándole
tal vez algo del dramatismo originalmente inspirador de la obra –ese contraste
entre la juventud y la ancianidad, entre la frustración y la indiferencia
vitales–, Chailly condujo la orquesta con sobriedad, sin sentimentalismo,
obteniendo una pieza equilibrada pero poco emotiva a la vez.
El concierto para piano era
la gran pieza de la noche, al menos en lo referente a la escucha de la “joven
promesa” del piano, Malofeev. Admito que cada vez me agradan menos los
aspavientos y las poses de los solistas en el escenario, porque la energía que
se desperdicia en esos ademanes se resta de la exigencia de la música. Por el
FIS han pasado tres pianistas rusos: Trifonov, Sokolov y Malofeev. Dejando a un
lado edades y trayectoria, los dos primeros llegan a escena concentrados y
cuando ponen las manos en el teclado no necesitan artificios para entregarnos
lo que aguardamos: música. Malofeev, en cambio, ya aparece entretenido en otros
menesteres, hasta el punto de que su partitura mental no está con él, no en su
cabeza. El pianista del pelo platino mira sin cesar a la orquesta buscando el
hilo de Ariadna, y el hilo se enreda en una pieza como el Concierto núm. 4 donde hay campos de minas y columpios y fosos: eclecticismo de nuevas músicas, ráfagas
de jazz, atisbos de sonidos industriales… en definitiva, mucho virtuosismo y complejidad
intelectual. Hay que tener muy asimilada la composición para entenderla y así abordarla
sin naufragar, y lo cierto es que Chailly no ayudó demasiado al joven pianista
en apuros, aunque lo miraba. Malofeev exhibió pulsaciones demasiado exageradas
en algunos pasajes, tal vez en un intento de sobreponerse a las dinámicas
desaforadas que le estaba imponiendo Chailly desde la orquesta. El ruso
demostró técnica y velocidad, pero en esas empresas se perdió la sobriedad
necesaria… y la música. Mientras tanto, la opulencia de la Scala acabó por
devorarlo sin piedad como Saturno a su hijo en las aristas del “Alegro vivace”
final, y todos nos quedamos con la sensación de haber escuchado mucho ruido y
pocas nueces. Tal vez por eso el pianista nos obsequió con el célebre arreglo
para piano solo, realizado por el también pianista ruso Mikhail Pletnev, del
“Pas de deux” de El Cascanueces de Chaikovski. Aunque más delicado que en su
desempeño precedente, Malofeev demostró de nuevo más técnica que sentimiento.
La segunda parte del
programa estaba diseñada para lucimiento de la Filarmonica della Scala.
Conocemos la historia crematística que subyace a gran parte de la producción
chaikosvskiana de esta época –“qué gran vassallo si hobiesse buen señor”, se
decía en el Mío Cid, y es verdad que en este caso lo había: la mecenas
Nadezhda von Meck–, reflejada en la descriptiva asiduidad epistolar que
mantenía el compositor con la salvadora de sus arcas, a quien desglosaba las
entretelas de sus obras. Esto no constituye en realidad demérito alguno para la
obra de Chaikovski que el viernes escuchamos, pero sí nos sitúa en el contexto
de una música nacida para seducir a su amiga y musa, en un momento personal,
además, particularmente difícil para el compositor. El caso es que Chailly
aborda esta sinfonía, que enlaza con el Destino como tema esencial, con un “Andante
sostenuto” de partida prolongado, lento, muy bien definido, con metales
rotundos y cuerdas poderosas y envolventes. En el “Andantino in modo di
canzona” se sugiere otra forma diferente de entristecida nostalgia, que
requiere un tratamiento lírico; el oboe dibuja una infinita melodía que se
sucede sobre un incesante pizzicato en las cuerdas, que después rescatan el
tema principal a modo de respuesta. Posteriormente, Chailly subraya con gestos
casi imperceptibles la aparición de una segundo tema que, llevándonos de nuevo al
motivo inicial, le da ocasión de favorecer el lucimiento de clarinetes, oboes,
flautas, violines y cellos, hasta llegar, por último, al fagot, donde el
movimiento termina por desvanecerse. El pizzicato de las cuerdas en el tercer
movimiento introduce una ligereza popular que da paso a las maderas y a los
metales, como una suerte de postales. Todo ello conduce finalmente al “Allegro
con fuoco” en el que quizá hubo peligro de demanda de extintores. A estas
alturas, Chailly, que había comenzado la sinfonía con una cierta maduración
contemplativa, muy de agradecer, se había instalado en una excesiva alegría no muy
bien resuelta, en que los planos se fundieron sin distinción y se desembocó en
una algarabía confusa, un tanto nerviosa, en lugar del final dramático y
resignado, aunque exaltado y transparente, que en realidad Chaikovski perseguía.
La velada se cerró, tras las
consabidas ovaciones, con el obsequio por la Scala al público de “La danza de
los hombres”, del Aleko de Rajmáninov.
