Termina la programación de
esta temporada en el Palacio de Festivales de Cantabria con la adaptación de La malquerida, de Jacinto Benavente, en versión de Juan Carlos Rubio y de
Natalia Menéndez, bien conocida por ser responsable hace años del Festival de
Almagro. En realidad, la producción amputa el título original de Benavente, que
queda así en Malquerida; licencia esta bastante discutible y que creo que
altera –tal vez a propósito– el espíritu real de la obra. Si La malquerida es
el fragmento de una copla deshonrosa que, a modo de panóptico rural, circula dolosamente
por el pueblo castellano donde los hechos tienen lugar, Malquerida parece
aludir más bien a la que Natalia convierte en protagonista de su adaptación:
Aitana Sánchez-Gijón, en el papel de Raimunda. De hecho, la propia cartelería
de la obra apunta a esta extraña conclusión, con un primer plano de una
desmejorada Aitana.
Cualquier comparación es
odiosa, pero si recordamos, por ejemplo, aquella espléndida adaptación de la
obra que pudo verse en los 70 en Estudio 1, con una perfecta Mary Carrillo, una
impresionante Lola Gaos, un excelente Manuel Zarzo y una implicada Nuria Torray
(menos convence Antonio Casas), con una duración casi exacta a la versión de
Menéndez, nos damos cuenta de que se ha podado demasiado y se ha enfocado mal
la esencia de la tragedia benaventiana. Donde aquella impresionaba por su recia
sobriedad, esta resulta inverosímil por sus aspavientos y exageraciones. Aitana
está completamente fuera de papel. A pesar de su ajustado vestido de maniquí
(el vestuario de Rafael Garrigós intenta modernizar el tono de la obra), su
Raimunda está completamente desprovista de autoridad; grita demasiado,
gesticula en exceso, está fuera de tiempo y espacio, no nos la creemos. Lucía
Juárez como Acacia parece un elemento decorativo, pues apenas se hace notar en
escena. Juan Carlos Vellido en su papel de Esteban no llega a dar la talla del
macho corroído que debería ser. El resto del elenco pasa meramente el corte, a
excepción de Goizalde Núñez, que como criada aporta los mejores pasajes de la
obra, con gracia y donosura muy solventes. El resultado de este desbarajuste
interpretativo, donde en ningún momento hay una densificación visual de la
tragedia que, en cambio, en la obra original se presenta in crescendo (ayuda
poco la paupérrima escenografía de Alfonso Barajas), se traduce en ¡¡risas del
público!! en el clímax de la obra, por lo artificioso de su ejecución. Cuando
Acacia admite su querencia semi-incestuosa hacia Esteban, y Raimunda se queda de
piedra, y Esteban le pega un tiro de escopeta a su esposa, la gente se ríe.
Señal de que algo falla. La tragedia se ha convertido en vodevil, en culebrón
latinoamericano postprandial.
Es evidente que una obra
confeccionada con los mimbres morales de 1913 puede no ser tan impactante en
2026 como pudo serlo en su tiempo. Pero lo cierto es que el montaje es
deficiente, no subraya lo que tiene que subrayar, se desmarca del contexto y se
pierde en zarandajas que no aportan nada, por no hablar de que reducir tanto la
intervención de personajes deja a los que quedan en las tablas desnudos y al
pie de los caballos.
Malquerida es un invento
fallido para lucimiento (escaso) de Aitana Sánchez-Gijón, que liquida esta
temporada palaciega con tono similar al de la mayoría de restantes espectáculos
del Palacio en esta temporada: selección de obras de escasa calidad, teatro
comercial e intrascendente, ópera y zarzuela vergonzosas. Sabemos que la
Cultura es la hermana pobre de los presupuestos de la comunidad autónoma, pero
tampoco es necesario bajar tantos peldaños. Sólo con mirar a Asturias o al País
Vasco nos sentimos avergonzados de aportar tan escasos medios a la cultura de
nuestros ciudadanos. No estaría de más que los responsables de la cosa tuvieran
un poco de sentido del ridículo.
