Ya cuando vimos anunciada la
popularmente conocida como Ópera de los tres centavos en la programación del
Palacio de Festivales de esta temporada, e interpretada por Coque Malla a la cabeza, nos
entró un sudor frío, pensando en el resultado de semejante empresa. Como era de
esperar, el resultado fue bastante torpe y desfasado, tanto a nivel
interpretativo como temático.
La Ópera de los tres
centavos proviene en realidad de una peculiar adaptación de La ópera del
mendigo de John Gay, una composición musical del XVIII que denunciaba de una
manera bastante elegante las desigualdades sociales imperantes en su época.
Hace ahora un siglo (bueno, faltan dos años, en realidad), Kurt Weill y Bertolt
Brecht se inspiraron en esa temática para construir una obra muy distinta en
concepto aunque idéntica en espíritu. Por ello, la llamada Ópera de los tres
centavos puede inscribirse en el género del cabaré y del jazz, como obra
rompedora que toma de Gay lo que estrictamente les interesa a sus autores, dada
su ideología marxista: la lucha de clases.
El problema de esta versión
que ahora presenta Mario Vega es que resulta totalmente desorientada en tono y
contenido, por no hablar de las músicas, que esa es cuestión aparte. Si la obra
de Weill/Brecht resultó rompedora en su época por su indiscutible modernidad,
la adaptación de Mario Vega no solo traiciona ese espíritu, sino que es incapaz
de mantenerlo. Weill y Brecht usaron en su momento una serie de técnicas que
permitían al espectador contemplar los temas desde su propia percepción, en una
absoluta ruptura de la cuarta pared, fomentando el espíritu crítico (que era lo
que se perseguía). Pero no olvidemos: la Ópera de los tres centavos es una
ópera, peculiar, pero ópera. Nosotros no vimos ópera por ningún sitio en el
Palacio de Festivales… sin llevarnos ninguna sorpresa, claro está.
Podemos entender que a Coque
Malla le apetezca cambiar de registro, que ya lleva muchos años machacándonos
el tímpano con Los Ronaldos. Pero hay que darse cuenta de si se puede o no
escalar el Everest antes de ponerse las botas. Y es que, si no contamos con
cantantes de cierto empaque, lo normal sería darle una vuelta a la obra y
plantear algo similar pero con menos ínfulas operísticas; total, los escenarios
actuales están plagados de adaptaciones más o menos potables de grandes obras,
con lo que una más no hubiera molestado. Vega opta por un popurrí de músicas
medianamente interpretadas, canciones mal cantadas y apariencia teatral con el
fin de gustar al espectador de hoy. Pero la ambientación londinense, las
prostitutas del XVIII y una coronación que no sabemos a qué cuento viene… pues
se carga por completo lo que pudiera haber sido una crítica actualizada de
todos los cubos de basura que pueblan nuestros periódicos a diario. Resumen:
desconcierto (entiéndase en su doble acepción) y aburrimiento. Nada que ver con
la versión de Theo Mackeben, por solo citar una.
La puesta en escena
funcionó, dada su sencilla adaptabilidad, y buena fue también la iluminación.
Los “cantantes” hicieron lo que pudieron (quizá deba destacarse a Omar
Calicchio y Carmen Barrantes). Por lo demás… ni tres centavos pagaría.
