Norma es probablemente una
de las gemas más delicadas de esa etiqueta del belcantismo, y no tanto por
hallarse inserta en esa específica exigencia de tal modo de cantar, sino porque
exhibe una delicadeza y al mismo tiempo una riqueza de evoluciones de un mismo
personaje que parece una ópera barroca tardía. Norma es en sí misma un carácter
anclado en la Antigüedad y, en consecuencia, con todas sus aristas y afectos.
Norma es una mujer y un hombre, una lideresa y una mujer enamorada, una furia
vengativa y un alma vulnerable. Norma es grande y honesta, responsable y, por
todo ello, espléndida.
Lastimosamente, Norma fue
título escogido para calmar las ansias de lírica en el público cántabro, que
viene reclamando ópera desde hace ya mucho tiempo en nuestro Palacio de
Festivales (por cierto, cada vez más escandalosamente deteriorado). Pero la
Norma que se arrojo al público de Santander en la noche del sábado tuvo más
que ver con una feria de gladiadores en un circo de espectadores expectorantes
(y lo de expectorantes no es un error mecanográfico: hubo expectoraciones, y
muchas) que con un delicado espectáculo ofrecido con mimo y cuidado a un
público gustoso de la música y la lírica. En este caso, se trataba de una
producción del Teatro Nacional de la Ópera de Moldavia y LG Artist Management,
extraña combinación que preferiríamos que no se repitiera. Porque no: no vale
cualquier cosa.
Habría que comenzar por
decir que Stonehenge no se encuentra en la Galia (donde Norma se desarrolla),
sino que sus piedras provienen de Gales. Esta confusión aparentemente muy boba
ha fomentado la ligazón de Stonehenge con la Galia y los druidas, pero como tal
boba ligazón, es incierta. El caso es que se abre el telón con una proyección
de Stonehenge al fondo que no nos explicamos y un par de pedruscos muy gordos
en el centro de la escena. Los pedruscos sin duda adquirieron matiz simbólico
cuando salieron a cantar los tenores Flavio (Víctor Jiménez) y Pollione (Andeka
Gorrotxategi), pues sus voces y ademanes resultaron igualmente pétreos y
carentes de gracia y matiz alguno. Por el flanco druida, las cosas no marcharon
mucho mejor: Oroveso (David Cervera), el anciano padre de Norma, abriéndose
paso entre aquellos mastodontes, hizo gala de su edad en su canto, sin sutileza
alguna y con unos innecesarios temblores en su emisión de bajo que hacían temer
por la integridad de sus cuerdas vocales.
Cuando entraron las chicas
se retiraron parcialmente los pedruscos, pero la delicadeza que aguardábamos se
vio sustituida por voces destempladas que competían por ver cuál de ellas
adquiría mayor volumen. Es cierto que Norma (Yolanda Aullanet –perdón, Auyanet)
se llevó la palma en griterío y destemplanza, que para eso era la diva (por
cierto, qué feo el “Casta Diva”) y la Medea frustrada: sin aliento controlado,
sin elegante legato, sin dinámicas diferenciadas. La mezzo Adalgisa exhibió un
timbre más controlado y una línea de canto más refinada, pero no logró alcanzar
ni remotamente la ternura que debe desprender su papel.
La dirección de actores
brilló por su ausencia (cada quien iba por donde podía) y los coros (el moldavo
y el Lírico de Cantabria) hicieron lo que pudieron con estos mimbres. Por lo
demás, entre aquel pedregal y aquel vestuario tan terrible nuestros
sentimientos oscilaban entre la ira y la piedad. Hay que admitir que, gracias a
la batuta inteligente de Óliver Díaz al frente de la Orquesta Sifónica del
Cantábrico, se evitaron descalabros que pudieron ser aún mayores, pues cuidó
detalles y se moderó en las dinámicas, tal vez para evitar que nos echáramos al
escenario a azuzar la pira final. Como es sabido, decía Wittgenstein que cuando
no se puede hablar, lo mejor es callar. Pues eso: que cuando algo no se puede
hacer, lo mejor es no hacerlo.
