NUEVAS Y FASCINANTES VARIACIONES GOLDBERG

 


Este jueves, en la Iglesia de San Cristóbal de Comillas, hemos asistido al cierre de oro de los Marcos Históricos en la presente edición del Festival Internacional de Santander. Y no usamos tal expresión con huera retórica, sino con auténtica devoción, pues asistir a una velada con el ensemble francés Nevermind constituye siempre una ocasión para el regocijo y la emoción, y más aún si el programa lo constituyen las Variaciones Goldberg, BWV 988 de Bach.

Sabemos que nos encontramos ante una obra que, en suma, consiste en una serie de “Ejercicios prácticos de teclado, consistentes en un aria con diversas variaciones para clave con dos teclados”, según consta en la portada de su publicación, en 1742. Esta obra, más allá de su intrínseco carácter virtuoso a priori, supuso en la mente creadora del Kapellmeister de Leipzig (lo era por entonces) un desafío intelectual que dotó a sus treinta variaciones de un contenido profundo y espiritual, perceptible ya desde la bellísima y meditativa Aria de inicio. La peculiar naturaleza de las Goldberg ha favorecido su recreación para instrumentos varios y ajenos al teclado (podemos citar la de Dmtry Sitkovetsky para trío de cuerda, la de Fretwork para consort de violas de gamba, la “reimagined” de Rachel Podger y el Brecon Baroque…), incluso en el ámbito del jazz. Nevermind vienen a proponer una versión para flauta, violín, viola de gamba, clave y órgano, concebida específicamente por Jean Rondeau y Robin Pharo en un proyecto de dimensiones colosales por su complejidad y ambición. El resultado se pudo degustar en el templo comillano, lleno a rebosar: a la íntima emoción original bachiana se sumó el espectacular colorido desplegado por los cuatro integrantes del ensemble, que logró transmitirnos la sensación de hallarnos ante una deliciosa obra nueva, del mismo modo que nos maravillamos ante una pintura restaurada en sus tonos más radiantes a partir de una valiosísima base.

Anna Besson desde la flauta nos dispensó un inicio recogido y luminoso, con una zarabanda de tempo reflexivo y pausado, que nos hipnotizó con su virtuosismo pleno de inflexiones y delicados matices. Fueron uniéndose a ella el resto de voces en la sucesión de cánones, gigas, fugas y demás artefactos musicales alumbrados por Bach para encandilarnos y someternos: el violín de sonido límpido y resplandeciente de Louis Creac’h y la intensa y sedosa viola de gamba de Robin Pharo (por cierto, qué precioso instrumento con exquisitas decoraciones florales). Jean Rondeau al clave (de tono chispeante) y al órgano (de espíritu más profundo) intervino de pie por momentos, sentado en otros, pendiente de pasar páginas de la partitura a sus compañeros, arropando con maravillosa envoltura las evoluciones de los músicos. La acertada adscripción de las voces de los cánones a los diferentes instrumentos permitió seguir con nitidez cada línea del fascinante contrapunto bachiano. Equilibrio absoluto, sonido redondo, diálogos puros, entendimiento pleno, complicidad, incluso, sustentada en sonrisas y fugaces miradas mutuas, fue lo que presenciamos en el conmovedor trabajo de Nevermind.

Tras la espectacularidad del concierto, los aplausos del público lograron que el ensemble nos dispensara como regalo un regreso intimista a la Variación IX. Salimos del templo comillano a la tibieza de la noche ya cerrada, embelesados.