
Ha sido este singular Calígula que tanto atrajo a Albert Camus y del que probablemente todos recordemos su encarnación por el gran José María Rodero, quien también ha seducido a la compañía de teatro valenciana L’Om Imprebís; compañía que, en una coproducción con el Palacio de Festivales de Santander, ha traído su montaje en este fin de semana hasta la Sala Pereda con resultados dispares, alternando en su desarrollo la novedad, el interés y lo prescindible. Vayamos por partes.
Estructurando la obra en dos grandes bloques, los valencianos apuestan por la música y la luz como ejes sugerentes y/o relatores de lo que ocurre en escena. Así se aprecia ya desde el comienzo mismo del montaje, en que una marcadísima percusión sirve de introducción a los hechos dramáticos, con un intenso protagonismo de la iluminación; esta entrada, que se remata con una hermosa intervención al violonchelo por parte de Marina Barba –oportuna y espléndida, por cierto–, hace presagiar que estamos ante un trabajo rotundo y con cosas apetecibles que aportar. Algo que no es precisamente fácil, dado que nos encontramos ante una obra “de texto”, densa, una obra que no es comercial, una obra que sigue sus propios dictados y cuyo contenido no se va a dejar domesticar por los hipotéticos caprichos de un director teatral. Las diferentes razas y nacionalidades de los actores implicados suponen igualmente un acierto como traducción de la extensión de los confines del Imperio y a la vez, quizá, como posible evocación de los imperios multirraciales contemporáneos. Lo mismo cabe decir del vestuario, con una ocurrente combinación de atuendo de época y prendas actuales (tejanos recortados, caligas y capa; túnica corta y chaqueta de cuero en el caso de Escipión). La escenografía es funcional, si bien un tanto estática; sólo hacia el final de la obra las leves columnas que han presidido toda la segunda parte se tambalean y se transforman en espejo en que Calígula olfatea su derrota.
L’Om Imprebís se esfuerza en subrayar la coralidad de una obra que es eminentemente individual, y en ese empeño propone cuadros diversos, apuntalados por la música, siendo unos más atinados que otros. El comienzo del segundo bloque, en este sentido, y a diferencia del primero, puede citarse como uno de los más errados: extemporáneo e incoherente, roza el absurdo en su remate, de la mano de una siniestra e interminable canción interpretada por Garbiñe Insausti, a la que no se entiende absolutamente nada por una pésima vocalización, y que en cualquier caso hubiese hecho mejor en permanecer silente. Lo mismo puede decirse de otros instantes musicales desafortunados que se suceden a lo largo de este segundo acto; desafortunados esencialmente por su ausencia de justificación dentro de la trama y de la concepción escénica.
Por el contrario, es en este segundo acto donde se albergan dos de los mayores aciertos del montaje: el certamen de poetas, ciertamente hilarante y bien planteado; y el cuadro de la muerte de Calígula, magníficamente resuelto, con contundencia y elegancia, que constituye uno de los momentos fuertes de la obra tras el célebre monólogo final del emperador (“Si yo hubiera conseguido la luna, si bastara el amor todo habría cambiado. ¿Pero dónde saciar esta sed? ¿Qué corazón, que Dios, tendrían para mí la profundidad de un lago?”).
En lo que se refiere al trabajo de actores, es obvio que el mayor peso es soportado por Sandro Cordero, que presenta un Calígula muy trabajado y sin embargo no del todo convincente. Le falta apostura en la dicción y, en especial, verosimilitud psicológica, a pesar de que sería injusto no reconocer que puede palparse el enorme esfuerzo y entrega del actor sobre el escenario. Garbiñe Insausti como Cesonia cumplió escuetamente con su papel. Más interés que ella merecieron José J. Rodríguez como Quereas y Gorsy Edú como Helicón, muy correctos, en tanto que el Escipión de Sergio Gayol quedó bastante desdibujado.
A pesar de sus lunares, el montaje de L’Om Imprebís cuenta con un valor añadido: el de acercar hasta las tablas un texto de altura –algo que siempre se agradece, en estos tiempos de insulseces comerciales que sin cesar nos dan gato por liebre– y el de arriesgar en su propuesta de rescate de un emperador denostado por la Historia: un Calígula que quizá se debatió entre un poema de amor y uno de muerte, que vivió entre el deseo de la luna y el del crimen.
Comentarios
Un beso.
Lástima de los instantes musicales tan desafortunados, pues podría haber sido una obra muy completa.
"Si yo hubiera conseguido la luna"
esa frase me recuerda algo...
Un beso, Ana
P.S.: Por cierto, el look de los jeans con capa era monísimo.