
El caso es que el viernes pasado tuvimos ocasión de asistir en el Palacio de Festivales de Santander a una de estas cosas en que se pretende engañar al público –a un público inexperto– con espejuelos. Y seguramente no por culpa del Palacio –esto lo tengo yo bastante claro– sino porque, cuando uno se acuesta con críos, aunque a veces sean encantadores, pues nunca sabe cómo se va a levantar. El asunto iba de la Concertgebouw dirigida por Marco Boni con un programa de Haydn (Sinfonía 85 en Si Bemol Mayor y Concierto para Violonchelo y Orquesta en Do Mayor) y Schubert (Sinfonía 5 en Si Bemol Mayor). Para hacer los honores al Hob. VIIb. 1 se contaba con la estelar presencia de Mischa Maisky, que más que estelar acabó por resultar astrológica. Mischa Maisky apareció, según su costumbre, disfrazado de chamán, con collares y pelambre al viento incluidos, dispuesto a conjurar al espíritu de la lluvia violonchelo en ristre. De Maisky no podemos poner en duda su capacidad con su instrumento, al que, cuando quiere, sabe sacar brillo y colorido espléndidos; su último disco, por citar uno, dedicado a Strauss y Dvořák, tiene pasajes que lo acreditan sobradamente. Pero, en cambio, sí que cabe hacerle alguna objeción en su concepción de la función de la música. O tal vez, lo que sería más grave, cabe detectar algún problema en su hipotálamo, desde donde algunos dicen que se envían estímulos amorosos a los neurotransmisores, porque la vivencia que Maisky tiene de la pasión (al menos en la música, no sé en otros territorios) se me antoja harto discutible.
El caso es que comenzó el bueno de Boni lidiando arduamente con la Concertgebouw, mostrándose como un director apocado y con escasa gracia, transmitiendo su insulsez a la propia orquesta. Pronto vendría el letón a solucionarlo. En cuanto apareció, antes de iniciar su parte, empezó a balancearse en el asiento como un péndulo y a dirigir espasmódicamente con el arco. Y atacó, vaya si atacó. Por momentos parecía que el violonchelo iba a fenecer entre sus manos, de tanta pasión mal entendida. Poca pasión, en realidad, en la interpretación, sacrificada en aras de una gestualidad posesa… y de numerosos errores, como por otra parte, con semejante actuación, cabía esperar. Qué distintas las lecturas de esta obra por Natalia Gutman o Gautier Capuçón, por sólo citar dos ejemplos que me gustan especialmente. Marco Boni renunció a dirigir a la orquesta, abandonándose a los bamboleantes deseos de la star, que iba a lo suyo arrastrando en ello a los demás. Por fortuna, el astro se tranquilizó un poco en su primera propina, el Nocturno op. 19 de Chaikovski, aunque volvió a desmelenarse en el Preludio de la Suite nº 1 de Bach.
Libres ya de la opresiva presencia, los miembros de la Concertgebouw crecieron bastante en la segunda parte, haciendo un Schubert muy apañadito, incluso brioso y pizpireto. Probablemente sus tablas les llevaron más lejos de lo que sugirió su director, pero en todo caso el resultado final fue agradable, y cerraron el concierto con la célebre Serenata en Do Mayor de Haydn, que para eso estamos en su año. ¿Y el público? Pues salió encantado de la jornada de fuegos de artificio.
Comentarios
Disfrazado de chamán! jejejje
Genial, Ana!!
Y el final, mejor todavía...
El "público" siempre aplaude, el problema es que aplaude cualquier cosa...
Imagínate las cosas que veo por estas australes tierras...
;)
http://lospanesylospeces.blogspot.com/2008/08/leccin-de-zoologa-bestiarium-palatii.html
http://lospanesylospeces.blogspot.com/2008/09/bestiarium-palatii-ii.html
Besotes australes.
2º moivimiento sin quedarse embelesado-quieto-parado?. Besos