
No voy a detenerme a desgranar lo obvio: que los mastuerzos de Potter son tan gruesos como de precaria calidad, y que las películas correspondientes deben de ser aún más leñosas que los libros en que se basan (según me cuentan sufridos padres con hijos en edad de merecer). En principio, que haya libros malos a la venta no es ninguna novedad; es más, diría incluso que se está produciendo un curioso particular: mientras en las librerías nos asaltan los títulos infectos cada vez con mayor alevosía, la cultura de cierto rango (los apocalípticos, o sea) empieza a refugiarse en los quioscos; una va a comprar El Diario Montañés –por ejemplo– y se encuentra ante la testa las obras de Propercio en tapa dura, un dvd de la DG con grabaciones de Vivaldi o una película de Billy Wilder. Y encima a precio de risa. Ahí es nada. Pero a lo que iba: sabemos que la mala literatura prolifera, y prolifera para los adultos, luego imagínense para los niños. Bien está. Cada uno pasta lo que su intelecto le reclama, y eso es muy difícil de cambiar: al señor que le gustan las pelis porno es difícil que “le ponga” la platónica ensoñación de La rodilla de Claire, y eso no lo arregla ninguna campaña gubernamental ni nada por el estilo (a no ser una lobotomía). Lo que a mí me molesta, señoras y señores… es el spam (en traducción simultánea: propaganda basura), con la agravante de acoso.
La que suscribe puede resistir la tentación del canto de Quique, puede pasar de largo ante sus libros y prescindir de sus películas, pero… por fuerza me hacen víctima en la prensa, en la radio, en la televisión, en la librería –¡incluso en el selecto quiosco!– de una campaña vociferante e impía. Y es que, aunque no leo “las cositas” de Quique ni voy a verle al cine, sé que va a haber una lucha entre él y un tipo malo llamado Voldemort y que a Quique le ayuda un tal Dumblemore (me marearía con los complicados nombres de ambos si no me recordaran abstrusamente a ese ínclito héroe hispánico, el amigo Condemor). Sé también que la mamá de Quique -el infante ya tiene diecisiete años– no quiere que vaya a la Universidad; sus motivos tendrá: cierto es que la Universidad está muy malita, y lo único que le faltaba es que llegara el niño con el torno a modelar cerebros.
Sé bien que estas palabras me granjearán el odio o el desprecio de la secta de los alfareros, pero quiero que se asuma que yo nunca escribiría, como el crítico Harold Bloom, un artículo llamado “¿Pueden equivocarse 35 millones de compradores de libros? Sí” (esto fue allá por 2000: no sospechaba Bloom lo que había de llegar aún). Quiero que me crean que nada tendría contra las hechicerías del buen Quique si no fuese por su spam masivo e insufrible. Quiero que sepan que si Quique me cae gordo, como Dan Brown, es por pesado. Seguro que muchos papás, que sufren en silencio sus secuelas como se sufren las hemorroides, me agradecen esta breve invectiva contra la almorrana Potter.
Comentarios
Soy muy bueno en el lanzamiento de ladrillos, así que si me necesitas no tienes más que silbar.
Abrazo
Un beso.
Un abrazo.
Un beso.
Si me permites, te confesaré algo relacionado con lo que cuentas, que casi me molesta más que Dan Brown (al que sin conocerlo le tengo una tirria que no la puedo expresar con palabras): ver el día de Sant Jordi en las paradas de Barcelona, que la gran mayoría de los libros que pueblan sus mostradores están escritos ("escritos" es un eufemismo) por personajillos del mundo de la televisión. ¡Es que puede conmigo!
Perdona por el rollo, un beso.
Besos.