Comienza el espectáculo
sumido en el negro más profundo, y ese sabor constante a sombra no se va
prácticamente en toda la velada. Y pensamos: “algo habrá de significar esto”. Y
sí, lo significa. Aunque a veces nuestros ojos sufren intentando escudriñar en
la tiniebla, en la “noche oscura del alma” que María Pagés nos propone en su
espectáculo Paraíso de los negros (sugerimos un punto, solo un punto más de
luz). Pagés es una artista muy frecuente en el Festival Internacional de
Santander, y muy querida, pues su calidad es innegable, pero esta vez nos ha
dejado sorprendidos. Quien acudiera a presenciar una noche de flamenco puro y
duro se habrá quedado con las ganas; y no porque no lo haya habido, sino porque
lo que hubo se revistió con otras cosas: danza contemporánea, poesía, inspiración
tomada de personajes encerrados en sí mismos, confinamientos varios, exhalación
del dolor corporal y contextual; también cante flamenco de primera categoría y
exhibiciones instrumentales más que interesantes.
No vamos a repetir aquí
cuáles son las supuestas fuentes de partida del espectáculo de Pagés.
Básicamente porque ya vienen expresadas en el programa de mano y porque se han
repetido hasta la saciedad en todos los reportajes que se han publicado sobre
este proyecto que lleva ya bastante tiempo de recorrido. Y, además, porque las
menciones a Lorca, Van Vechten y Senghor no se nos antojan, paradójicamente,
las que más pesan en el proyecto. La noche oscura del alma se despliega a
través de diez cuadros conectados a un poema o poeta o realidad sumidos en la
prisión. En el primer cuadro, “Las tribulaciones de María”, presentimos cómo
aquel personaje acomodado que fue Foucauld de repente sufre una crisis y pasa a
buscar, como ermitaño en el desierto, ese silencio total donde el ser humano se
enfrenta a sus propias debilidades y "tribulaciones”, al modo de una
Madre, que tan pronto se pliega en una gasa iridiscente como se rebela y grita
y zapatea. En el poema de Vallejo, perteneciente a Los heraldos negros, los
tacones inclementes de la bailaora representan esos dados vallejianos frente a
los que no cabe esperanza, en contra el silencio místico que exhibía cuadro
precedente. En la escena de Pessoa, en cambio, se plasma una mayor interioridad,
una cierta saudade muy bien traducida en el quejío flamenco de dos voces
impresionantes: las de Ana Ramón y Cristina Pedrosa. Otro de los momentos
brillantes del espectáculo fue el inspirado por la Elegía de Fauré, en que
vemos a una chelista que toca frente a una silla de ruedas vacía y que en un
movimiento casi mágico acaba sentada en ella, inmóvil. Obviamente, estamos ante
una representación de Jacqueline du Pré, que transita desde su plenitud a la cárcel
de su cuerpo devastado por la esclerosis múltiple. Adaptar esa música de Fauré
para piano y chelo tuvo su aquel, convertido en un complejo trío de violín,
chelo y guitarra flamenca. Otros momentos vibrantes fueron el magistral taconeo acompañado
de bastón, como de imbatible matriarca gitana, su preciosa y lírica soflama
feminista protagonizada por Nina Simone en “Oración” o el esperado final,
inspirado por El muro de Pink Floyd, con una coreografía tensa y enérgica,
con gran protagonismo de esos brazos alados que solo Pagés posee, aleteando en
el silencio hasta lograr lo que aguardábamos desde el inicio: la caída con gran
estruendo de las cadenas que se interponían entre la escena y los espectadores.
Aparte de este concepto
narrativo del espectáculo, en que ha tenido mucho que ver el poeta y actual
pareja de la bailaora, El Arbi El Harti, pudimos disfrutar también de deliciosos
solos instrumentales de violín (Graci del Saz) o guitarra (Rubén Levaniegos), o
de unas castañuelas reivindicativas y soberbias de Pagés iluminadas en mitad de
la opresiva negritud.
Paraíso de los negros es
un espectáculo complejo que, tal vez, abarca demasiadas represiones interiores
y en la que el hilo narrativo puede perderse para un espectador no demasiado
informado. Belleza, dolor, sentimiento, contenido, calidad… los posee a
raudales; pero quizá hubiera sido deseable redondear la propuesta tornándola
menos dispersa. Por lo demás, hay que decir que se sale de la sala no sé si
liberada, pero sí más consciente de nuestro entorno. Y eso nos viene bien
intelectualmente hablando, porque no todo espectáculo puede o debe ser gozoso cuando la noche haze escura.