Al pensar en Barroco hay una
parte importante del público que imagina músicas aburridas y monótonas,
desconociendo que al Barroco –o a cierto Barroco– se une intrínsecamente en no
pocas ocasiones un espíritu festivo, insolente y burlesco.
Le Poème Harmonique, con su
fundador y director, Vincent Dumestre, es una compañía de magníficos músicos,
ubicada en Francia, que nos ha proporcionado con un sentido historicista puro,
pero hermoso y atractivo, algunos de los títulos barrocos más importantes de su
tiempo. Memorable es, por ejemplo, su escenificación insuperable de El burgués
gentilhombre a cargo de Benjamin Lazar (que en su día pude disfrutar en
directo en el mismo palacio de Versalles), igual que memorables son también sus
discos, grabados en el sello Alpha. En esta ocasión, hemos tenido la ocasión de
disfrutarlos dentro de la programación del Festival Internacional de Santander.
A pesar de no tratarse de un espectáculo de estreno, su relevancia y gracejo lo
hacen oportuno, pues –siempre a nuestro juicio– el FIS debe recuperar
progresivamente la presencia de artes escénicas que en los últimos años habían
ido desapareciendo, reduciendo al Festival a una mera y monótona sucesión de
músicas orquestales.
En esta ocasión, pues, Le
Poème Harmonique se ha decantado por ofrecernos algo menos serio, más veraniego
y festivalero, aunque no coincida temporalmente con la esencia de lo que
propone. En concreto, se trata de una suerte de ‘Carnaval Barroco’, en el que
se entrecruzan músicas cultas y populares, referencias irreverentes a la
Commedia dell’Arte, bromas, acrobacias, malabarismos… La propuesta se efectúa
desde el absoluto respeto a la estética del momento, en máscaras, maquillaje, trajes
e iluminación en tonos ocres, según el precioso y preciso concepto de Cécile
Rousset (debemos pensar que en el XVII estos espectáculos tenían lugar a la luz
de las velas, otorgando con ello ese especial cromatismo que luego se hizo tan
célebre en películas como Barry Lindon). De hecho, se inicia el festín con
unos trapos viejos cosidos tras los que desfilan las sombras –otro bonito
recurso escénico– de unos monjes con velas que encajan en la Litania dei
Santi propia de la Cuaresma, como contraposición al Carnaval que vamos a
presenciar a continuación, y que en Italia se caracterizaba por los disfraces,
las máscaras y las narices y bocas postizas. Comienza el desfile de personajes
burlescos, tras este comienzo tan recoleto, con canciones jocosas sobre
festines y viandas de Giovanni Battista Fasolo (que cierra también el
espectáculo), y ya casi en seguida entra en acción el nutrido grupo de mimos,
acróbatas y malabaristas que, con sus máscaras de pico, deleitaron al público
con sus trepidantes y lúdicos números, sin dar descanso, llevándonos de asombro
en asombro y de sonrisa en sonrisa.
Entre piezas populares como
la Vilanella del pescatore o la Tarantela del Gargano se entremezclaron
escenas satíricas, como la realizada a partir del bellísimo Lamento della
Ninfa de Monteverdi, interpretado por una muchacha de inmensa nariz, y así transformado
en Lamento del Naso. Monos, juegos de naipes y escenarios improvisados
acabaron de aportar color y variación a un espectáculo exquisitamente montado
en que daban ganas de marcharse de inmediato a Venezia a vivir un Carnaval
“como Dios manda”.
Los músicos de Le Poème
Harmonique, en una plantilla necesariamente reducida por la naturaleza de la
propuesta, estaban situados a la izquierda de la escena, con Dumestre a la
cabeza como guitarra barroca y tiorba, guiando y enfatizando la popularidad de
las músicas escogidas en su mayoría, con una ejecución impecable que no dejó de
subrayar sonoridades variadas, procedentes sobre todo de la corneta y el fagot,
con la delicadeza propia de esta agrupación francesa. Ojalá en sucesivas
ediciones del FIS podamos disfrutar de más propuestas tan sugerentes y
dispares.
