LÚDICA Y APOTEÓSICA JORNADA INAUGURAL

 


No es ningún secreto que los espectadores de Santander, y en especial los aficionados que acuden al FIS año tras año, desde Cantabria o desde cualquier otro lugar, echábamos en falta la presencia de la lírica que daba siempre el pistoletazo de salida al mes de música y espectáculos que ha sido siempre agosto en la ciudad. El director del FIS, Cosme Marina (obviamente, junto a sus colaboradores), ha hecho realidad este deseo del público, no sin sortear múltiples dificultades –nos consta– pero con un resultado verdaderamente precioso y festivo que le habrá permitido dormir como un feliz Tamino.

La elección de Die Zauberflöte, La flauta mágica mozartiana, es tan fácil (¿quién no ama el espíritu burlón de Mozart?) como compleja (¿quién no ama la penetración psicológica del genio de Salzburgo?). Estamos ante una obra que parecerá un hermoso cuento de hadas a quien no le apetezca quedarse más que en la epidermis de la composición, mientras que quienes quieran profundizar un tanto hallarán una reflexión sobre la trascendencia, sobre los pasos que debe dar el hombre para ser eso: un ser humano digno de admiración y amor cuya espiritualidad sobrevuela lo mundano para hacer triunfar el espíritu de la belleza. Por ende, no puede olvidarse que en el momento del alumbramiento de ‘La flauta mágica’ Mozart se encontraba en plena época de difusión de la masonería –se sugiere de forma sutil en la simbología del montaje que pudimos presenciar anoche–, en un punto además en que esta manifestación de índole religiosa y humanista –ah, qué antigua en la antítesis entre la oscuridad y la luz, entre la ciega fe y el conocimiento– se hallaba más bien perseguida por el emperador.

Pero vayamos a la sustanciación de la propuesta, que en su concepto corrió bajo la responsabilidad del músico Rolando Villazón. En su propia introducción al espíritu de la producción, Villazón tiene una suerte de visión que preside la obra que pudimos disfrutar: una ‘Flauta mágica’ en la que está muy presente un doliente Wolfgang Amadeus Mozart que está a punto de morir. En realidad, Die Zauberflöte se estrenó en vida del salzburgués, que moriría dos meses más tarde. Sabemos, sin embargo, que en los últimos estertores de su terrible final deliraba, y que desde su lecho empapado en el sudor de la fiebre seguía las evoluciones de esos personajes maravillosos que habían brotado de su cálamo y de su entusiasmo masónico. La percepción que como espectadores tenemos desde nuestras butacas es en cierto modo la de ese Mozart agonizante: entusiasta, entregada y urgente, bajo los caprichos del carillón que maraca horas y truenos y relámpagos en la cámara del genio que se apaga. Así pues, el cuento –y con él la fe masónica– es el gran cuento, es el testamento musical, es la perfección de la partitura que se escapa entre los dedos. Desde esa perspectiva, Villazón nos conduce de la mano por ese laberinto febril, con Mozart y su esposa Constanza y su hijo Carl Thomas presentes siempre en escena, mientras se van sucediendo personajes maravillosos en estado de gracia. Como buen músico, Villazón sabe que pocas cosas hay tan incómodas como iniciar “a pelo” una ópera con una obertura tan espectacular y ritual como la mozartiana en la que no ocurre nada más allá de la música; así pues, el inicio es ya prometedor, introduciéndonos inteligentemente en lo que va a ser el hilo conductor de la obra. A partir de aquí, aun sin renunciar a la seriedad del tema de fondo, los personajes van a adquirir una vis cómica que arrastra irremediablemente la simpatía del público. Las Tres Damas (Mercedes Acuri, Sofía Gutiérrez-Tobar y Marina Pardo) resultan encantadoras en ademanes y voces, y con ellas contendiendo por un Tamino desmayado, y descalzándolo, van sucediéndose el resto de personajes, tan extravagantes como seductores: el repelente pero simpático Manostatos (Daniel Domínguez), que hasta nos causa un poco de compasión, o el gran seductor de la noche, ese Theodore Platt como Papageno bon-vivant, cobarde y delicioso por igual, con un registro vocal espléndido y una presencia actoral magnífica. Qué gran compañera halló, por cierto, en la exquisita y pizpiretísima Papagena interpetada por Sofía Esparza, para cuyo buen hacer hubiésemos deseado un papel más alargado. En la parte seria de la cosa aparece con una autoridad indiscutible Franz-Josepf Selig, imponente Sarastro, con unos ataques capaces de sobrecoger y convencer al más rotundo opositor a sus designios. La esperada Reina de la Noche –en el estreno original interpretada por la cuñada de Mozart– no decepcionó con su precioso vestido nocturno, su apostura infernal y su dificilísimo “Der Hölle Rage” cantado con gran solvencia desde las alturas de una madre inquebrantable (aunque echamos en falta que zarandeara un poco a la pusilánime Pamina). De la pareja protagonista solo cabe mencionar elogios: el gran Javier Camarena como Tamino supo cantar con una delicadeza mozartiana impensable (reconozco que su faceta belcantista me predisponía a priori en su contra), en su papel tan difícil, facetado y prolongado. La Pamina de Emily Pogoralc sorprendió al público congregado en el FIS y ciertamente para bien: qué instrumento tan delicado y bien modulado, qué excelente proyección, que sentimentalidad tan bien canalizada.

No debemos olvidar la muy atinada intervención del coro Academia Vocal de Cantabria, bien empastado, gracioso, con soltura, intenso. Bravo por ellos.

David Afkham al frente de la Orquesta Freixenet hizo un trabajazo impresionante con los jóvenes músicos. En algún momento se echó en falta un pelín de brío o magia mozartianos, pero en líneas generales sonaron balanceados, con el volumen apropiado y con bonitas dinámicas muy disfrutables.

El bromazo de la noche sucedió cuando, al acudir la Reina de la Noche con Manostatos y las Tres Damas al palacio-templo de Sorastro a ajustar cuentas y recuperar sus perdidos poderes, se produjo la muerte de Mozart. Constanza y su hijo lloran desconsolados y empieza a sonar el “Lacrimosa” de su Réquiem. Así, por las buenas. Y gustó, vaya si gustó, porque se hizo con ‘savoir faire’. A continuación se retomaron los compases finales de La flauta y todo prosiguió como si nada hubiera ocurrido… hasta que Mozart asciende a los cielos y cobra vida y se columpia sobre sus personajes con la alegría y la vitalidad inmortal de la música.

A estas alturas los espectadores estaban absolutamente entregados y comenzaron a brotar globos blancos de todas partes y todo fue una enorme fiesta de bienvenida a la lírica y a la fuerza arrolladora de la música. Dese el escenario, una gran imagen de Mozart nos guiñaba el ojo y sonreía. Las ovaciones y la dicha culminaron una de las jornadas inaugurales más lúdicas, trabajadas y hermosas del Festival Internacional de Santander. Feliz 75 aniversario.