El Festival Internacional de
Santander ha inaugurado este martes en el bello claustro de la Catedral de
Santander los conciertos de los Marcos Históricos –una sección bastante nutrida
en este año– con un excelente trío, conformado por la violinista Francesca
Dego, el clarinetista Alessandro Carbonare y el pianista Alessandro Taverna.
Hay que decir que estamos de enhorabuena por la inclusión de músicas
“diferentes” en el seno del Festival, en este caso concreto de raigambre
contemporánea, y además de muy notables exigencia y virtuosismo: el programa estaba integrado por obras de Gian
Carlo Menotti (su precioso Trío para violín, clarinete y piano), Ígor
Stravinski (la inquietante y cruda suite L’histoire du soldat), George
Gershwin y Robert Russel Bennet (con conocidas baladas de Porgy and Bess) y, como
colofón, un difícil y subyugante Béla Bartók (Contrastes para violín,
clarinete y piano, Sz. 111).
Si es poco habitual que
reconocidos solistas con carreras internacionales se reúnan para interpretar
música de cámara, más significativo aún es que lo hagan con un programa que
permita al público dialogar de forma tan cercana con la música del siglo XX,
esto es, la que cabe considerar nuestra voz por excelencia. En esta velada se planteó una aproximación intelectual
a una tradición académica (esa fluidez melódica tan hermosa de Menotti) que sin
embargo es capaz de abrazar manifestaciones más populares como el jazz o el
folclore (la ironía y la dureza de Stravinski y Bartók o el blues de Gershwin).
Así pues, pudimos disfrutar de un programa en que se abordó la riqueza, la
imaginación y la variedad de referencias en la rica y plural música del siglo
XX.
Si en un principio podía
sorprender la conjunción de tres voces dispares como la del violín (qué magnífica
sonoridad la del Stradivarius que tocaba la gran Francesca Dego), el incisivo
clarinete de Carbonare y el preciso piano de Taverna, lo cierto es que en sí mismos
produjeron un sonido perfectamente conjuntado y de volumen suficiente, como si
nos halláramos ante una orquesta por sus diferentes timbres, expresiones y
técnicas.
El hilo conductor temático
del programa era la inmigración: tema actual donde los haya. Los cuatro
compositores abordados fueron inmigrantes que encontraron su hogar profesional
en Estados Unidos, y esto se refleja profundamente en sus obras. Pero es que
demás tenían conexiones admirativas entre sí: Menotti exhibía una profunda
conexión con Barber, sin por ello dejar de admirar las técnicas compositivas de
Stravinsky, que incorporó a las suyas, dotándolas de sus melodías líricas tan
características. En la reivindicativa obra de Stravinsky, el terceto acometió
con solvencia absoluta la densidad y complejidad de los elementos rítmicos del
compositor ruso, que requieren una atención plena y mantienen a los intérpretes
y al público en vilo. En realidad, la versión ofrecida por el terceto supone
una condensación de siete instrumentos (e incluso un bailarín y varios actores),
lo que supuso un reto del que salieron más que airosos, muy en especial en esa
final “Danse du diable”. En cuanto a Gershwin, se detecta en su música un
influjo notable del blues y de la música klezmer, lo que lo ha hecho muy
conocido para el público. Por último, Bartók –el broche espectacular de la
velada– también se vale con frecuencia de influencias folclóricas,
especialmente danzas búlgaras y húngaras, pero fusionadas con el jazz y la
improvisación. Sus ‘Contrastes’ constituyen una pieza sumamente fascinante por
su dificultad y sorpresa constantes, con multitud de referencias cruzadas que
culminan en una enfebrecida “Fast Dance”.
Ante las merecidas ovaciones
en que se deshizo el público del claustro catedralicio, el terceto obsequió con
una rítmica pieza klezmer y con un delicado bocado de Francis Poulenc.
