Si pensamos en los hitos del
clasicismo vienés, en seguida nos vienen a las mientes nombres como los de
Haydn (sobre todo), pero también el del Mozart que huye de Salzburgo o el del
Schubert más propiamente austriaco, previo a los ropajes románticos. Ya la
propia denominación de “clasicismo vienés” nos hace pensar en tranquilidad, en
elegantes paseos por la hierba, en una relativa galantería –no relamida, pero
sí pausada– y casi en los prolegómenos de una tarta Sacher degustada en una
deliciosa pastelería austriaca (aunque este rico invento es un poco posterior al
movimiento musical del que hablamos). No es por ello extraño que tal repertorio
pueda ser abordado con buen gusto por una agrupación como la English Chamber
Orchestra, bajo la batuta firme pero próxima de la maestra polaca Marzena
Diakun. Buen gusto diríamos, sí, fue en definitiva lo que apreciamos en este
domingo, con un repertorio también delicado; uno de esos programas en que la
pasión no está presente y se apela más a la serenidad de una escucha, precisamente,
dominical. En este plato equilibrado sobresalía una delicia poco común, cual
era la posibilidad de escuchar a una verdadera leyenda del piano, la georgiana
Elisabeth Leonskaja, que hizo aparición con una amplia sonrisa y magnífica
disposición, ganándose inmediatamente al público.
La Sinfonía núm. 44 en mi
menor, Hob. I:44, habitualmente conocida como “fúnebre”, tiene poco de tal
calificativo, pues es muestra de su madurez adicta a las dinámicas cambiantes,
a los contrastes, al dramatismo. Es cierto que respira en esta sinfonía una tenue
oscuridad, pero los diálogos entre secciones fomentados por la maestra polaca y
la brillante, aunque tal vez algo austera, interpretación de los músicos contribuyeron
a una percepción diáfana de la estructura de la obra. Quizá se echó en falta un
poco de músculo, de expresividad más manifiesta, en especial en el “Adagio”,
que resultó, si se permite la expresión, demasiado adagioso.
Tras esta introducción
apareció Leonskaja en escena para acometer ese concierto para piano (el número
12 en La Mayor) que el propio Mozart definió como “un término medio entre lo
demasiado fácil y lo demasiado difícil”. Exactamente de ese modo lo acogió
Leonskaja entre sus manos, de forma un tanto algodonosa: sutil y encantadora,
precisa sin esfuerzos. Mantuvo la pianista una elegante conversación de salón
con Diakun en la que todo fluyó sin brusquedad y con distinción, como un té
bien preparado en la temperatura exacta. Quizá pudo la georgiana, aun con las
licencias que se tomó de forma muy liviana, haber exhibido un poco más de garra
en este Mozart ambiguo y, siempre, juguetón. Pero fue bonito y cálido el
resultado final. Como propina a los persistentes aplausos del público regaló al
respetable la primera de las tres piezas para piano de Schubert, D.946, en mi
bemol menor.
La segunda parte del
programa se ocupó de un Schubert juvenil: el de la Sinfonía núm. 5 en Si Bemol
Mayor, D.485, que en cierto modo rinde homenaje a los Haydn y Mozart que le
precedieron en la noche. Es una obra relativamente ligera pero no por ello
impersonal, carente de aristas, pero desprovista de los pesados influjos del
sinfonismo de su tiempo, en especial del beethoveniano: hay cromatismo, hay
ligereza, hay una cierta ascensión; hay, también, un espíritu bailable que
impregna la obra, con sus delicadas sorpresas armónicas. La ECO adquirió esa
cierta marcialidad que habíamos añorado en la primera parte de la noche bajo la
batuta de una Marzena Diakun más resuelta aunque no exenta de frescura. El final
de la velada se remató con un bis haydniano que nos trasladó de nuevo al
comienzo del programa en un círculo solemne; grato aunque no memorable.