Noche más que esperada la
que protagonizaron la Orquesta Real de Suecia y la violinista María Dueñas,
bajo el patrocinio de El Diario Montañés, en nuestro 75 Festival Internacional
de Santander. Patio de butacas a rebosar y expectación máxima se detectaban ya
antes de que entraran en escena los músicos. Como comenté en las notas al
programa que tuve el gusto de realizar para esta ocasión, se ha producido una
suerte de guiño mágico entre el emblemático aniversario del FIS y el quinto
centenario de la excelente Orquesta Sueca (viva desde 1526), que visita
Santander por vez primera, del mismo modo que la aclamada violinista María
Dueñas. Todo estreno y toda celebración despliegan por fuerza algo emotivo que
flota en el ambiente, y así se percibió en la mayor parte del concierto.
Se inicia la noche con la
bien conocida obertura de La flauta mágica, K. 620 mozartiana, que nos
traslada en el recuerdo, también en nueva casualidad, a la primera y gozosa
noche de este FIS, en que la lírica se rescató por fin en nuestra ciudad. La obertura
mozartiana ostenta ese maravilloso balanceo entre lo popular y lo solemne que
parece fácil sin serlo. La ORS es una formación muy amplia, de músicos
excelentes que exhiben un sonido muy poderoso, muy subrayado a su vez por su
entusiasta director, el estadounidense Alan Gilbert. Mozart nos sonó más
contundente que sutil, más bravo que sibilino. Su sabiduría, su belleza
intelectual, su maestría contrapuntística, se vieron un tanto diluidas en un
arrollador enfoque de la ORS. Puede estar bien para un comienzo de fiesta, pero
no es la versión que uno se llevaría a su discoteca.
A continuación, sobrevino
una de las secciones más esperadas del programa: el Concierto para violín y
orquesta núm. 1 en sol menor, op. 26, de Max Bruch, en el que tocaba turno de
lucimiento de María Dueñas, violinista granadina de la que con frecuencia se
alaban por ciertos críticos su juventud y belleza –que las posee, sin duda–,
pero de la que en particular nos interesaba escuchar su desempeño en esta obra
absolutamente prodigiosa del Romanticismo, de escritura orquestal exuberante y
apasionada. No es una partitura que resulte nueva para Dueñas, pues ya se ha
enfrentado a ella en más ocasiones, y en realidad no es difícil conquistar al
público con ella por su insoportable hermosura. Hay que decir, sin embargo, que
la versión de Dueñas resultó de una exquisitez apabullante: es delicada y
meticulosa en el fraseo, exhibe una afinación perfecta, resuelve con total
naturalidad los pasajes más endiablados desde su Stradivarius de la época
dorada. Hizo gala del requerido énfasis en el primer movimiento (“Allegro
moderato”), aunque echamos quizá en falta algo más de garra. En el “Adagio”
mostró ser dueña de un lirismo delicado y ensimismado, que dialogaba consigo
mismo y se prolongaba y fluía y envolvía en su propia seda; una delicia. El
tercer movimiento, “Allegro enérgico”, sonó festivo y encantador más que
arrebatado. Dueñas estuvo en todo momento muy pendiente de Alan Gilbert, quien
intentó acoplar la extraordinaria proyección de la orquesta a la delicadeza del
discurso de la violinista; algo en lo que no siempre obtuvo el éxito esperado,
pues era demasiada la diferencia entre las elegantes dinámicas de Dueñas y las
desmedidas de la ORS, resultando así una composición un tanto desequilibrada en
el diálogo de sus voces. Dueñas necesita tal vez, por otra parte, entregarse
más al público y desligarse –en lo lógicamente posible– de la tutela del
director de orquesta, profundizando en su propia visión de las obras; es quizá
el paso que precisa dar para redondear su presencia escénica. En todo caso, su
refinado desempeño fue muy ovacionado –salió siete veces a saludar–, y nos
deleitó con dos propinas: una preciosa y balsámica versión del Vals triste del Ferenc Vecsey, afamado violinista húngaro de principios del siglo XX; y una
interpretación de una obra poco conocida, Applemania, del compositor
ruso-alemán Aleksey Igudesman, lanzada originalmente en 2016, que destaca por
un estilo rápido, virtuoso y alegre que Dueñas supo transmitir a un público
entregado.
Tras el descanso, sobrevino
la segunda parte del concierto, y con ella el auténtico brillo, absoluto e
indiscutible, de la Orquesta Real de Suecia. Es evidente que los suecos se
encontraban “en su salsa”, dentro de un repertorio muy conocido y amado, y que
precisamente por ello nos brindaron una preciosa Serenata en Fa Mayor, op. 31 de Wilhelm Stenhammar, que se halla entre las cimas de la música escandinava
del siglo XX, a pesar de que su recepción inicial en su estreno no fue
precisamente gloriosa. Hoy, en cambio, se aprecia su singular aliento
mediterráneo –de origen italiano– con la suave melancolía inherente a las
partituras nórdicas. Se trata de una obra de transparencias que Alan Gilbert
supo resolver de forma extraordinaria, creando delicadas atmósferas (fluidez,
agilidad, misteriosa nocturnidad) sin por ello perder solemnidad y efusión
lírica. Otorgó protagonismo a los instrumentos más delicados de la orquesta
(violines, clarinetes, trompas) y subrayó la magnífica labor de la espectacular
primer violín, que hizo gala de brillantez en el fraseo, mordiente, cuerpo y
tersura.
Tras esta espectacular
serenata la sala estaba ya caliente, deseosa de escuchar algo grandioso a modo
de cierre, y qué más propio para ello que la obertura del wagneriano Tannhäuser, magistral poema sinfónico que en su lucha entre contrastes
estéticos e intelectuales nos arrastra en su oleaje a una satisfacción profunda
e indescriptible. Los de Suecia se desplegaron en su total esplendor y colorido
orquestal, azuzados por un Alan Gilbert feliz que extrajo la fuerza dramática y
la apoteosis total que la obra nos insufla.
Afuera la lluvia refrescaba
el tórrido ambiente de las noches previas, pero no los corazones. El Festival
avanza y, por el momento, lo hace con paso seguro.
