CUANDO LA IZQUIERDA SABE LO QUE HACE LA DERECHA

 


De nuevo Sokolov ha acudido al Festival Internacional de Santander a deleitarnos con lo mejor sabe hacer: que no, no es tocar el piano, sino tocarlo de manera que genera en el espectador una catarsis, una sensación de salir pleno y restaurado de la vacuidad del mundo tras casi tres horas de una intensidad sobrecogedora.

¡Tres horas tocando el piano!, dirán: pues sí. Los programas de Sokolov constan siempre de tres partes: primera, de compleja introducción; segunda, de densa carnalidad conmovedora; y tercera, de puro capricho, a partir de cinco, seis, incluso siete propinas fuera de programa, que para nada son los reiterados espejuelos con que a veces nos quieren obsequiar otros músicos.

El programa de esta noche aunaba en su primera parte al Beethoven veinteañero aunque ambicioso de la Sonata núm. 4 en mi bemol mayor, op. 7 con el último, el de las Seis bagatelas, op. 126 (miniaturas reflexivas y temperamentales, muy apreciadas por el músico, y contemporáneas de la Novena sinfonía y la Missa solemnis). Interesante viaje, analítico, profundo y en absoluto casual, desde el clasicismo expansivo y juvenil al testamento musical del genio de Bonn. La segunda parte se hermanaba (y no usamos esta palabra al azar) con el lamento resignado que se encierra en la despedida mística de un genio recoleto y sobrecogedor como es Schubert: la crepuscular Sonata para piano núm. 21 en si bemol mayor, D. 960. Ambas partes se hallan cosidas por un hilo sutil y decisivo que encontramos desvelado en el impagable estudio de Charles Ronsen sobre las sonatas de Beethoven, ya que parece que el “Largo con gran espressione” de la Sonata núm. 4, op. 7, del sordo genial impresionó a Schubert hasta el punto de homenajearlo en una declarada imitación en su “Andante” de la Sonata núm. 21, D. 960. Sokolov rescata esa consanguinidad, porque con él jamás hay casualidades.

El maestro abordó las dos partituras de Beethoven con esa mezcla de (aparente) facilidad, sensibilidad y plenitud a las que ya nos tiene acostumbrados. Qué decir del control preciso que realiza de las pulsaciones, de su acercamiento al pedal solo en los momentos necesarios, de su articulación absolutamente cristalina. Incluso en las reiteraciones distinguimos su diferenciada expresión (como ocurrió en el tiempo inicial de la sonata). Sokolov realiza un empleo magnético de los silencios, de los contrastes, del legato perfecto de las octavas. ¡Y cómo usa la izquierda en el “Allegro molto”, cómo termina el elocuente e intermitente “Largo”, cómo acentúa el “Scherzo”, cómo desglosa con total perfección el “Trío”, cómo emociona con la sublime elegancia del “Rondó” de cierre). En las Bagatelas no escatimó en lirismo, contrastes, matices, evanescencias… pero también perfilados contrapuntos y arrebato. Puro arrebato.

Tras el oportuno descanso, sobrevino Schubert. Si el último año de su vida estuvo dominado por la melancolía y la desolación (pensemos, sin ir más lejos, en su Viaje de invierno), la colosal Sonata D. 960 representa la cumbre de su madurez intelectual y de su meditación existencial, oscilante entre lo lúgubre y lo alígero: es el alma que sabe que ha de partir, y que en esta partida halla consuelo. Esta obra deslumbrante está hecha a la medida de las manos de Sokolov, de su ya legendario control tímbrico, que se acercó a ella con drama intensísimo y dolor, pero también con una suerte de luminosa melancolía en el “Molto moderato”, aun a pesar del siniestro trino de registro grave que preside esta parte, a modo de sórdido recordatorio (y que, por cierto, se repite previamente a los compases finales, repetición que suele suprimirse pero que Sokolov respetó). El “Andante sostenuto”, autentico punto de inflexión de la composición, resultó la viva imagen de una desolada y sobria congoja, con ese deslizar siniestro de su mano derecha mientras su izquierda remataba con ese martillo ostinato de anuncio fatal. El maestro hace remontar apenas el “Scherzo. Allegro vivace” hacia una leve y luminosa melancolía con bellos sforzandi, hasta llevarnos al “Allegro ma non troppo” de clausura, con un tema de danza rítmica de ficticia y casi sarcástica alegría que desemboca en una veloz y contundente coda final, con una energía en la articulación que nos deja devastados de repente.

No podía el maestro desaparecer y dejarnos sumidos en este estado, de modo que compareció hasta en seis ocasiones (una vez he presenciado siete) para regalarnos otras tantas deliciosas páginas: Baladas núm. 1 y 3, op. 10, de Brahms; la Rapsodia núm. 2, op. 79, también de Brahms; la Mazurka núm. 47, op 68, de Chopin;, el número 20 de los 24 Preludios, op. 28, de Chopin; y el número 4, de los 24 Preludios, op. 11, de Scriabin. Es de lamentar que una gran parte del público abandonara sus asientos durante la interpretación de estas propinas, tal vez por lo prolongado del concierto. Las cenas, la música y la cortesía no siempre son compatibles. Por fortuna, el maestro Sokolov se prodigó con quienes atentos le escuchábamos, como si nada estuviera ocurriendo en el patio de butacas. Su nivel de concentración es tan alto como el poder de sus manos entrecruzadas tantas veces a lo largo de la noche, o el alcance de nuestro asombro ante su indesmayable maestría.