CONTUNDENTE TRANSPARENCIA DE LA MÚSICA DE CÁMARA

 


Hay ocasiones en que acudimos a un concierto preparados para escuchar algo imponente. Tenemos altas las expectativas y no admitimos decepciones. Sin embargo, en algunas de esas veces ocurre que salimos transfigurados, porque lo que hemos escuchado trasciende con mucho lo que ‘a priori’ esperábamos. Y esto ex exactamente lo que sucedió en la noche del viernes, con la Mahler Chamber Orchestra, dirigida por Daniel Harding, con la intervención solista de Daniil Trifonov al piano. El programa era realmente exquisito, en especial en su primera parte, con el Concierto para piano y orquesta núm. 1 en re menor, op. 15, de Johannes Brahms, al que seguiría, tras el oportuno descanso, la Sinfonía núm. 8 en Sol mayor, op. 88, de Antonin Dvořák.

El concierto de Brahms es una obra absolutamente maravillosa, aun siendo una composición de juventud, recorrida por sensaciones íntimas de su autor que respiran en cada uno de sus movimientos. Este concierto no constituye un mero despliegue de virtuosismos técnicos a los que su autor nos tiene acostumbrados, sino que es un recorrido por las estaciones más dolorosas del alma del compositor, inmerso en aquellos instantes en el dolor por su amigo y maestro inspirador, Robert Schumann, entregado a los estragos de la locura, y a la vez por la gratitud e incluso amor por la musa y esposa del delirante mentor, Clara Wieck. De esa agonía –agonía en sentido etimológico: batalla encarnizada, batalla feroz– emocional no podía brotar más que esta joya absoluta que encontró precisamente en la MCO de Harding y en la austera precisión de Trifonov sus mejores defensores. Que la MCO se autotitule como “Chamber” no debe llevar a confusión, pues sus músicos son capaces de emitir un sonido tan poderoso como el de una orquesta de superiores dimensiones; pero… tampoco debemos obviar que, en efecto, ese apodo de “cámara” se traduce en transparencia, en limpieza, en plenitud de sonidos perfectamente diferenciados. La MCO no te arrebata con la brutalidad de su potencia, sino que te transporta con su delicadeza a un lugar donde la serenidad te arropa y el alma halla una indescriptible paz.

Harding supo hallar un camino de luz en el oscuro ‘Maestoso’, con la ligereza que proporciona la exhibición de la preciosa arquitectura del movimiento. Por este camino se introdujo un introspectivo Trifonov, con suavidad, sin estridencias, sin pretendidos protagonismos.  El maestro ruso es además un virtuoso del pedal, que toca lo justo, para evitar intromisiones de sonidos farragosos y exponer un lienzo límpido de notas definidas, plenas de color, solemnes, de alguna manera bachianas. Harding y Trifonov se entendieron a la perfección del ‘Maestoso’ y esa complicidad se prolongó e incluso acentuó en ese bellísimo ‘Adagio’ que en su día hubo de defender Clara Wieck ante un público insensible. Sin restar su presencia a metales impolutos y cuerdas de terciopelo, Trifonov profundizó en esa intimidad doliente de Brahms; pero no de forma afligida sino solemne. Las dinámicas en pianissimo entre piano y orquesta casi no nos permitían respirar, y la ensoñación mística de Trifonov fue recogida por el sabio maestro Harding en un cierre majestuoso y brillante. La misma reflexión introspectiva que había venido dominando la obra se extendió a su tercer movimiento, ese fantástico “Rondó”, sin por ello renunciar a la alegría moderada que lo impregna y va creciendo hasta desembocar en una coda fascinante. Trifonov, perfectamente concorde con la orquesta, fue elevando el ritmo hipnótico de su intervención hasta fundirse con la MCO con luminosa elegancia suprema.

Como era previsible, tras la seducción absoluta de lo que se acababa de escuchar, las ovaciones se sucedieron, y a pesar de resistirse Trifonov –se le obligó a salir a saludar varias veces–, acabó por obsequiar al público con dos piezas de carácter bien distinto: el Vals de Santo Domingo de Rafael Bullumba Landestoy (cuyo registro está ya realizándose y pronto podremos disfrutar en el sello Deutsche Grammophon) y un tango de composición propia.

Tras el descanso previsto se sucedió la sinfonía checa anunciada en el programa. Frente a la introspección de la primera parte de la noche, Dvořák siempre asegura una cierta efervescencia feliz y de vinculación con la naturaleza y lo popular que lo hacen un compositor querido, máxime en esta obra ya de madurez. Si bien existía el peligro de que Dvořák pudiera parecer de inferior calidad al monumento musical que acababa de escucharse, lo cierto es que el maestro Harding se tomó muy en serio su compromiso de extraer lo mejor de la MCO para que esto no sucediera. Y, además, lejos de incurrir en una versión festivalera y emborronada, Harding se preocupó de diseñar línea a línea ese “monstruo expansivo” –y cuidado: también sofisticado– que tenía entre las manos. Ya en el “Allegro con brio” subrayó el director la solemnidad casi elegiaca de las cuerdas con el contraste diurno de la preciosa flauta alada. La configuración de contrastes y articulación de la composición constituyeron la constante en la ejecución de la sinfonía, con un fraseo perfecto y un dominio total de las texturas. La MCO hizo una descomunal demostración de empaste interno en este movimiento de temas alborozados. El “Adagio” subsiguiente, de engañosa sencillez, se acometió con una elegancia envolvente, con esa importancia tan acusada de las magníficas maderas de esta agrupación. La mano izquierda de Harding reunía a los músicos para soltar suavemente las bridas y dejar que fluyeran y dialogaran libremente. El “Allegretto grazioso” nos transporta en las manos de Harding hacia un fluido vals melancólico de vago aroma folclórico que nos conecta con la naturaleza de una manera emotiva, para depositarnos, al fin, en la partitura más jubilosa del “Allegro ma non troppo” final, con esas iniciales trompetas gloriosas, que ceden con cortesía indecible su paso a los vientos y las maderas en absoluta comunión. Harding controla con gestos delicados la celebración inminente. La sinfonía crece y crece y nada se sale de su debido lugar: hay exuberancia, hay plenitud, pero todo suena como un río de frescas aguas imparables.

Tras el éxtasis de Dvořák se sucedieron los aplausos y la orquesta saludó con gracia absoluta, pero no hubo propina. ¿Acaso se necesitaba después de una velada tan gozosa?