EN BUSCA DE CICERÓN

Quién duda que ya desde el título de su montaje, Viejo amigo Cicerón, cabe inferirse una cierta simpatía de Ernesto Caballero por el orador que desde la tribuna fulminó a aquel proyecto de golpista antirepublicano llamado Catilina –tampoco se queda atrás, por cierto, el retrato que del pretendido usurpador hizo Salustio– con esa increpación directa que hoy parece adquirir pleno sentido en relación con muchos de nuestros cansinos políticos contemporáneos: Quousque tandem abutere, X, patientia nostra?
El viejo colega cuyas cabeza y manos cercenadas y ultrajadas acabaron exhibidas en la tribuna de los rostra en aquel Foro en el que tanto arengó, el amable y brillante y egocéntrico y urdidor letrado que siempre buscó el bien de la República desde su muy particular perspectiva, constituyen el reflejo del hombre que Caballero persigue y que Mario Gas intenta sustanciar en su proyecto, iniciado en Mérida, con su imponente respaldo escénico. 
La verdad es que precisamente en Mérida vi ya el estreno del espectáculo, y he querido recuperarlo esta semana en la Sala Argenta del Palacio de Festivales, por confirmar o matizar las impresiones que en el ardoroso verano emeritense me produjo, y no ha habido al respecto mayores variaciones. Caballero hace siempre honor a su apellido en el tratamiento de la dramaturgia clásica, y aquí no realiza una excepción. Con textos frecuentes del propio retórico de Arpino, pero acudiendo también a otros narradores de la apasionante trayectoria de nuestro hombre –espeluznante es, por ejemplo, la descripción de Dión Casio en que se describe cómo Fulvia arranca la lengua de la boca ya inerte de Cicerón y la traspasa con las agujas de su tocado–, se va presentando a ese personaje, a ese “objeto de estudio” (como se dice con ironía al comienzo de la representación), en el columpio que entre la grandeza y la ignominia ha balanceado a todos los grandes que en la Historia han sido. Se echa tal vez en falta una mayor prospección psicológica en esa compleja personalidad, más allá de la narración más o menos lineal de sus hitos políticos, un tanto ausente de emoción para quienes ya los conocemos. Caballero y Gas han pecado seguramente de ausencia de ambición. Ambos saben de sobra que la divulgación es garantía de éxito y no han querido quemar esa valiosa baza, aun jugando con una licencia temporal original: Cicerón se aparece en la figura de trasnochado académico en una biblioteca universitaria, en la jornada final de escritura de dos jóvenes estudiantes que al día siguiente presentan su trabajo de fin de carrera y discrepan entre sí y no acaban de encontrar el hilo conductor que los lleve a redactar un ensayo sólido.
En el hermoso y bien iluminado marco de la acogedora biblioteca –esos templos de felicidad cada vez más extraños– tres actores desempeñan con propiedad su cometido. Bernat Quintana, que se convierte por exigencia del improvisado Cicerón en su secretario Tirón, y Miranda Gas, que ejerce de Tulia, la hija que aporta la mayor “cordialidad” etimológica al montaje, están excelentes: comedidos pero firmes, atinados, verosímiles, gratos en todo momento. La estrella de la obra, claro está, había de ser José María Pou, que intenta penetrar en los resquicios últimos de un alma zarandeada por la noche, en las mieles y asimismo los tormentos de un hombre clave en la Historia de la Civilización Occidental. Sobrecoge ver a ese gran coloso físico y de las tablas abordar estos papeles liminares –aún recordamos su reciente y estremecedor Ahab– donde parece regalar un poco de sí hasta querer acabarse con la última luz que se apaga en escena.
Debe señalarse –continuando con el culebrón palaciego que no cesa– que fue muy deficiente la audición de la obra, y no solo desde mis propias aurículas –no vayan a pretender amputármelas y exponerlas quién sabe dónde–, sino desde las de muchos espectadores, según se comentó al salir del espectáculo (y eso que los actores usaban amplificación). Es evidente que nuestro auditorio necesita una intervención resolutiva a muchos niveles, y que va llegando el tiempo, para quien corresponda, de levantarse del cómodo diván de la procrastinación.