ANTONIO VIVALDI: Doce Conciertos para Violín.


Harmonie Universelle
Florian Deuter, violín y dirección
Monica Waisman, dirección

Eloquentia, 2008. 109’06 (2 cd)
Distribuye: Harmonia Mundi

¿Quién era Vivaldi antes de ser Vivaldi? O por ser más precisos: ¿qué obras precedieron y prepararon el terreno a la aparición de sus dos primeros ramilletes de conciertos para violín más famosos: L’Estro Armonico (1711) y La Stravaganza (1714)? Cuando Antonio Vivaldi aún no era llamado “el cura pelirrojo”, y allá por sus escasos veinte años, compuso una serie de conciertos que de algún modo fijaron esta particular forma musical y que hasta hace bien poco han corrido bastantes peripecias y hasta desventuras en su identificación y atribución. Como es sabido, con los años la música de Vivaldi llegó a ser extremadamente popular, y ello significó la proliferación de partituras falsamente atribuidas al maestro veneciano. En los últimos tiempos se ha hecho una documentada selección de obras, y aun con alguna que otra duda, se ha obtenido un catálogo de doce conciertos que son los que se ofrecen en su mayor parte en rigurosa primicia en este doble cedé exquisitamente editado por el sello Eloquentia. La perversa falsedad de la máxima según la cual Vivaldi no hizo sino escribir 500 veces el mismo concierto queda en evidencia ante la belleza y variedad de este registro: no sólo no hay dos conciertos “iguales”, sino que la riqueza y distinción de recursos hace de cada concierto una pieza única. La interpretación de Florian Deuter es absolutamente magistral, como por otra parte era de esperar de quien fue concertino de la brillantísima y llorada (por desaparecida) agrupación Musica Antiqua Köln. Ahora, al frente del competente ensemble Harmonia Universelle, y bien custodiado por Mónica Waisman, Deuter ha dado a la luz una grabación extraordinaria que fascinará no sólo a los devotos de Vivaldi, sino a todos aquellos melómanos que quieran disfrutar de dos horas de música espléndida interpretada con una sensibilidad y virtuosismo excepcionales. Un grandísimo disco.

Comentarios

Pablo J. Vayón ha dicho que…
Amazing...
ana de la robla ha dicho que…
Indeed...
Dédalus ha dicho que…
Estás tremenda, Ana. Llevo un rato perdiéndome entre tus pozos, péndulos, Akademias y etc., leyendo tu currículum y tu relación con la poesía, las letras y la injusta posteridad... y no puedo por menos que admirar tu saber enciclopédico y la buena disposición que muestras al socializarlo.
Que los hados te bendigan.

Saludos. Sin disfraz.
ana de la robla ha dicho que…
Estimado Dédalus: Agradecida por tu visita. Espero que no sea la última. A mi vez me he paseado por tu casa. Volveré. Un abrazo.
Querida Amiga, pues me he conseguido el Doble CD, y me ha parecido muy interesante. Nada de desenfreno como nos quieren acostumbrar los Spinosi y otros. Aquí, respiramos y tenemos un Vivaldi lírico hasta en los Allegros, sin ritmos de "macchina da scrivere" tan característicos del Prete Rosso (ojo que también me gustan mucho!). L'Harmonie Universelle me había ya impresionado con un disco de Pachelbel que en mi opinión personal revoluciona la interpretación del famoso Canon & Gigue, y por tu reseña descubrí este nuevo disco de Vivaldi.
Sobre lo mal parado que estuvo Vivaldi hace todavía algunos años, tus comentarios me han hecho pensar en buenos recuerdos, Alejo Carpentier y su Concierto Barroco, que se burla de la cita de Stravinsky sobre que Vivaldi había escrito 500 (o 600) veces el mismo concierto. Por ser tan exquisita su narración me permito transcribir un extracto. Aquí tenemos al Sajón Jorge Federico (Handel), Domenico (Scarlatti) Antonio (Vivaldi) acompañados de Montezuma y Filomeno, un "indiano" mexicano y su sirviente afroantillano de paso por Venecia; después de una buena juerga en el Hospetale de la Pietá con la alumnas monjitas de Antonio, estos borrachines se fueron de madrugada a hacer un "picnic" en el cementerio de Venecia, y vaya con lo que se encuentran!:


—“Como me estoy comiendo esta ensaimada” —dijo Antonio, mordiendo la que acababa de sacar —una más— de la cesta de las monjitas.—“¡Y hay quien dice que ésas son costumbres de negros!” —pensaba el negro, mientras el veneciano, remascando una tajada de morro de jabalí escabechado en vinagre, orégano y pimentón, dio algunos pasos, deteniéndose, de pronto, ante una tumba cercana que desde hacía rato miraba porque, en ella, se ostentaba un nombre de sonoridad inusitada en estas tierras. — “Igor Stravinsky” —dijo, deletreando.—“Es cierto —dijo el sajón, deletreando a su vez—: Quiso descansar en este cementerio.” — “Buen músico —dijo Antonio—, pero muy anticuado, a veces, en sus propósitos. Se inspiraba en los temas de siempre: Apolo, Orfeo, Perséfona —¿hasta cuándo?”—“Conozco su “Oedipus Rex” —dijo el sajón—: Algunos opinan que en el final de su primer acto — “¡Gloria, gloria, gloria, Oedipus uxor!” suena a música mía.”—“Pero... ¿cómo pudo tener la rara idea de escribir una cantata profana sobre un texto en latín?” —dijo Antonio. — “También tocaron su “Canticum Sacrum” en San Marcos —dijo Jorge Federico—: Ahí se oyen melismas de un estilo medieval que hemos dejado atrás hace muchísimo tiempo.”—“
”—“Es que esos maestros que llaman avanzados se preocupan tremendamente por saber lo que hicieron los músicos del pasado —y hasta tratan, a veces, de remozar sus estilos. En eso, nosotros somos más modernos. A mí se me importa un carajo saber cómo eran las óperas, los conciertos, de hace cien años. Yo hago lo mío, según mi real saber y entender, y basta.” — “Yo pienso como tú —dijo el sajón...aunque tampoco habría que olvidar que...”—“No hablen más mierdas” —dijo Filomeno, dando una primera empinada a la nueva botella de vino que acababa de descorchar. Y los cuatro volvieron a meter las manos en las cestas traídas del Ospedale della Pietá, cestas que, a semejanza de las cornucopias mitológicas, nunca acababan de vaciarse. Pero, a la hora de las confituras de membrillo y de los bizcochos de monjas, se apartaron las últimas nubes de la mañana y el sol pegó de lleno sobre las lápidas, poniendo blancos resplandores bajo el verde profundo de los cipreses. Volvió a verse, como acrecido por la mucha luz, el nombre ruso que tan cerca les quedaba. Y, en tanto que el vino adormilaba nuevamente a Montezuma, el sajón, más acostumbrado a medirse con la cerveza que con el tinto peleón, se volvía discutidor y engorroso: — “Stravinsky dijo —recordó de repente, pérfido— que habías escrito seiscientas veces el mismo “concerto”.”—“Acaso —dijo Antonio—, pero nunca compuse una polca de circo para los elefantes de Barnum.”—“Ya saldrán elefantes en tu ópera sobre Montezuma” —dijo Jorge Federico.—“En México no hay elefantes” —dijo el disfrazado, sacado de su modorra por la enormidad del dislate.—

:-))
ana de la robla ha dicho que…
Mi estimado Ivan Pierre: Gracias por refrescarnos ese lindísimo fragmento de Carpentier, tan oscilante en sus tiempos como las propias aguas de los canales venecianos.
Sí, esta gente de L'Harmonie Universelle es excelente. Yo tengo también otro disco de ellos con obras de Fasch y Telemann (en Harmonia Mundi) que es una belleza.
Agradecida por tus atinados comentarios. Siempre es un placer tenerte en casa. Abrazos.
fandestéphane ha dicho que…
Al mensaje de felicitación enviado anteriormente en Hablemos...le faltaba un poco de música. Elige el que más te guste de estos doce conciertos que te ofrezco en señal de reconocimiento y admiración.

En Barcelona y a los 26 días del mes de julio de 2009
besos
ana de la robla ha dicho que…
Amigo queridísimo: Nada sería mejor que escucharlo a tu lado. Un beso agradecido.