EL PRECIO DE LA CONFUSIÓN

En sesión doble se ha representado en este fin de semana en el Palacio de Festivales de Cantabria Homebody/Kabul, en la que resultó ser última entrega de un montaje que ha venido viajando con apreciable éxito por diversos escenarios desde la fecha de su estreno, hace ya año y medio. La obra, firmada por Tony Kushner, autor de textos como el célebre Angels in America, ha sido asumida en lo que se refiere a dramaturgia y dirección por Mario Gas, en una producción del Teatro Español.
En Homebody/Kabul se abordan muchos temas importantes: el efecto devastador de las guerras y de los gobiernos, la incomprensión entre culturas, la presión ejercida por Occidente sobre regiones desfavorecidas, el cuestionamiento de la supremacía cultural occidental, la incomunicación a todos los niveles (político, racial, lingüístico, individual), los procelosos mares conyugales, los conflictos de la adolescencia, las implicaciones emocionales del aborto, los efectos de las drogas… Muchos temas importantes, en efecto; quién sabe si tal vez demasiados. La inclusión de tantos frentes, de tantos puntos de mira, sin duda explica las tres horas y media de duración del montaje, aunque ya es tarea distinta evaluar si semejante duración está justificada en virtud de los resultados obtenidos.
Es inconcuso que Kushner es un autor polémico, adicto a temáticas escabrosas. El estreno de Homebody/Kabul inmediatamente a continuación de los sucesos del 11-S supuso una suerte de provocación, de modo que el dramaturgo fue tildado de pro-talibán. Nada de eso hay en la obra, pero lo cierto es que se fija la atención en un lugar del mundo y en un conflicto particularmente atractivos para poner el dedo en determinadas llagas. Bien está: una dosis de teatro comprometido, siempre con la debida elegancia, sienta divinamente de vez en vez. La única lástima es que en ese guión inicial vaya perdiéndose progresivamente el hilo, haciendo nudos en una madeja que termina por devenir harto confusa, ofreciéndose a los ojos un bello tapiz deshilachado. El balance final, pues, se salda con una combinación de luces y sombras.
Que en el principio fue el verbo parece realidad indiscutible en esta obra. Vicky Peña, en un monólogo de más de una hora enunciado por una culta dama inglesa que sueña con viajar a Afganistán, sostiene su intervención subrayando enfáticamente, cual troyana Casandra, los meandros y dificultades del lenguaje. Se trata de un texto abigarrado, se entiende que pretendidamente, y prolijo en exceso, en el que no obstante Peña realiza un magnífico trabajo, por el que no es de extrañar que haya recibido un Premio Max en este mismo mes; dentro de ese texto, que bien podría ser una pieza independiente –a modo de minúsculo Informe sobre Ciegos–, hay fragmentos muy bellos y también fulgores, insinuaciones que a lo largo de la obra no llegan a cuajar. Por desgracia, el personaje y su grato tono lúdico-trágico desaparecen en la oscura noche de Kabul y no asoman la nariz en el resto de la obra.
Tras la tocata y fuga de Vicky Peña, comienza un descensus averni de irregulares consecuencias. El esposo y la hija de la dama inglesa se personan en Kabul ante lo que parece ser la noticia de su muerte, que pronto se transforma en una incertidumbre: quizá la dama se ha convertido al Islam y se ha casado con un talibán. Así, por las buenas. El esposo permanece indiferente ante semejantes noticias mientras se entrega a la drogadicción de la mano de un turbio personaje como sacado de las páginas de Lowry, en tanto que la hija, a modo de Antígona desmelenada, es presa de una histeria indesmayable –tal vez efecto de electroshocks, abortos y otras innúmeras desgracias personales– que la hace gritar y proferir tacos sin cesar hasta el mismísimo fin de la obra. Todo ello se adereza con la entrada y salida de morabitos, guías impostados, policías, espías, médicos y bibliotecarias políglotas, mientras se habla en español por inglés, francés, pastún, árabe, esperanto y dari para añadir claridad a la cosa (aunque sepamos que la cosa quiere ir de incomunicación). El revuelto está servido.
En este sentido, hay que decir que Mario Gas hace justicia al farragoso texto que tiene entre las manos, e incluso lo dignifica con ímproba profesionalidad. La escenografía, no precisamente imaginativa ni arriesgada, es no obstante sobria y funcional, y la incorporación de un reparto multiétnico y multilingüe –por lo demás muy convincente– para dar verosimilitud a ciertas escenas constituye un gran acierto (a pesar de que ello implique que una cantidad importante del texto de la obra quede en la mera suposición). En esta segunda parte brilla especialmente la labor de la gran Gloria Muñoz en la piel de la bibliotecaria, con un difícil y expresivo monólogo plurilingüe, quien también se ha hecho merecidamente con un Max a actriz de reparto; una aparición que en cierto modo compensa de la volatilización de Vicky Peña y del anodino trazo con que están dibujados el padre y la hija de la interfecta (Roberto Álvarez y Montse Morillo), e igualmente el sórdido funcionario lowryniano (Jordi Collet).
Entre Frank Sinatra y Bach (¡!), en un nuevo y violento bandazo, se remata una obra con mimbres interesantes que sin embargo se ve lastrada por un exceso de duración, pretensiones, confusión y, a ratos, incoherencia. Una obra, también, que cuenta a su favor con los dos espléndidos monólogos femeninos, la pericia del montaje y las reflexiones que, entre curva y curva, se deslizan desde el texto. Quique suum.

Comentarios

elperdedor ha dicho que…
Precisa y preciosa crónica, Ana. En rigor, la confusión nos coloca fuera del hilo temporal, fuera también de la palabra. Como espectadores, nos impide participar de la verdad de la obra. Si la confusión se debe a nuestra ineptitud, entonces nada que decir, pero me temo que en este caso viene ayudada por la prolijidad de la propia obra. La confusión (el fárrago, más bien) de Homebody/Kabul me dejó sumido en la perplejidad de las preguntas, y me temo que aún no he salido de ellas. No sé si eso es bueno o malo. Posiblemente ese sea el efecto buscado por el autor, porque el horror nos hace preguntas, pero nunca nos pone a salvo. A salvo nos ponemos nosotros cuando se baja el telón, se encienden las luces de la sala y se apagan los bostezos. La verdad, es un alivio saber que no soy el único que cayó en esa debilidad…

Un abrazo
ANA DE LA ROBLA ha dicho que…
Entre la duda metódica y el fárrago se quedó el asunto, en efecto. De todos modos, eso de "a salvo nos ponemos nosotros cundo se baja el telón"... más que una debilidad parece un gancho directo :-)
Beso entramoyado.