TRES CENTAVOS, MÁS O MENOS

En el marco de la programación de la 18ª Muestra de Teatro Contemporáneo que viene desarrollándose desde Octubre en el Teatro CASYC de Caja Cantabria, ha tenido lugar este jueves la penúltima de las representaciones previstas: La ópera de tres centavos de Bertolt Brecht –o más bien de Bertolt Brecht y Kurt Weill, si hemos de ser más precisos– llevada a escena por el grupo de teatro Atalaya, con dirección de Ricardo Iniesta.
La ópera de tres centavos es probablemente la más popular, aunque no la única, de las obras escénico-musicales alumbradas a partir de la colaboración entre Brecht y Weill: además de ésta, Apogeo y caída de la ciudad de Mahagonny (1928), Happy end (1929) y Los siete pecados (1929) completaron el ciclo de un tormentoso trabajo en común, caracterizado por las deficientes relaciones entre ambos autores, al parecer por causa de las restricciones que Brecht imponía a Weill en los libretos, y también por la propia avaricia brechtiana; el propio Brecht admitía este mezquino carácter suyo, y de hecho así llegó a espetárselo al gran Elías Canetti sin miramiento alguno el día que se conocieron: “yo escribo sólo por dinero”. También se dice que Auden afirmó en una ocasión estar en contra de la pena de muerte con la única excepción de Bertolt Brecht. Cosas de escritores...
En La ópera de los tres centavos el peso musical, como ya sugiere su propia denominación –ópera– es abrumador, en relación con las secciones escuetamente textuales. Pero debe tenerse en cuenta no sólo esto. De esta obra han quedado para la historia de la música “popular” –también del jazz, el tango o el blues– algunas canciones realmente significativas, canciones que han pasado a integrar el repertorio de artistas enormes como Ella Fitzgerald, Frank Sinatra, Nina Hagen, Edith Piaff, Ute Lemper, Louis Armstrong… artistas con capacidad no sólo vocal, sino con admirable versatilidad escénica en uno u otro modo; artistas de innegable carisma todos ellos, que han dotado a estas piezas de una personalidad difícil de olvidar. Y eso cuenta, vaya si cuenta, a la hora de emprender cualquier aproximación a temas como La balada de Mackie Navaja. Tal vez por ello la ejecución que los actores –actores, no cantantes– de Atalaya llevaron a cabo de esta y otras piezas igualmente conocidas –Jenny de los piratas, La canción de los cañones, La balada del burdel, La canción de Barbara, etc.– se realizó con resultados desiguales cuando no frustrantes, con timbres en su mayor parte destemplados y una nula vocalización –la mejor, aun sin excesos, fue Rebeca Torres–, carencias que los actores intentaron camuflar con una exageración de la gestualidad y de la interpretación. Por otro lado, tampoco favorecía demasiado a las canciones la versión española de las letras, no sólo por la pérdida de la intrínseca –y casi indispensable en un espectáculo eminentemente cabaretero– sonoridad de la lengua alemana, sino por lo deshilachado de algunas de las traducciones.
Por el contrario, el trabajo estrictamente dramático resultó en verdad destacable. Todos los actores se dejaron la piel en las tablas a fuerza de intensidad y sinceridad interpretativas. Cada personaje encontró los matices más adecuados y expresivos incluso en los gestos más insignificantes. Las sutiles diferencias habidas entre todos los “malos” –pues todos los caracteres en la obra lo son en realidad- fueron perfectamente perfiladas; tal vez podría mencionarse tan sólo como aspecto menos afortunado el uso un tanto escueto que se realizó de los elementos escénicos, escasos y poco elocuentes (unos meros bastidores metálicos que iban migrando de escena a escena en diferentes posiciones). Por lo demás, ese ambiente tan brechtiano a caballo entre lo lúdico y lo surrealista, entre la denuncia y el esperpento, entre la parábola y el cabaré, fue admirablemente recogido y regurgitado por la compañía Atalaya.
En definitiva, La ópera de tres centavos constituye un espectáculo bien trabado, ameno y con importante contenido, aun entendiéndolo en lo que realmente es: una obra provocadora, con un fuerte componente de cabaré y que trata temas socialmente relevantes… que debe contextualizarse de modo inexcusable en la época en que nació, justo antes de la Gran Depresión del 29. Sin este referente la obra no puede asumirse en ambiente ni en lenguaje, por más que el programa de mano subraye su actualidad. La virtud de la compañía Atalaya reside precisamente en la excelente recuperación del sabor de este texto más que en el gastado adagio new bottle old wine. Por si no se habían dado cuenta.

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