
Esta situación es posible únicamente, claro está, en un contexto tan civilizado como decrépito. El sexo es necesario en los procesos de expansión y plenitud, menos preocupados por la cultura que por la dominación; la sensualidad se reserva a los periodos refinados y en vías de desaparición. La Europa del siglo XVIII es una excelente muestra de esa entrega intelectual al festín de los sentidos, que por otra parte está, en lógica coherencia, destinada a hermanarse con la muerte y el desastre: como bien sabemos, Sade o Laclos (con cuyo Las relaciones peligrosas está el espíritu de La llave remotamente vinculado) dan término a sus juegos con devastadores –y casi proféticos– efectos. Difusa es –de nuevo– la línea que separa la muerte del amor. El Este no es ajeno a ese llamado inevitable del tiempo y la cultura; aunque tenga lugar con posterioridad, en el tránsito de los siglos XIX al XX. Existe, sin embargo, una diferencia fundamental y turbadora: en Oriente, el sistema en decadencia no se ve sustituido por otro nuevo alumbrado en su seno, sino que éste proviene del exterior. Y el contraste entre ambos sistemas no se hace explícito en sí mismo, como suele ocurrir con las locuaces miserias occidentales, sino que se expresa metafóricamente mediante las evoluciones intangibles de la luz. Para el viejo Eguchi de La casa de las bellas durmientes, es “en la oscuridad del mundo donde están enterradas todas las variedades de la transgresión”. La tradición japonesa –la tradición japonesa refinada, degradada y decadente– halla su óptimo acomodo entre las sombras, en ese oscuro entorno de placer y de belleza artificial que florece por las noches y se desvanece con el alba, como Kazuo Ishiguro ha sabido perfilar poéticamente –aun con intencionado sesgo político– en Un artista del mundo flotante. En La llave, lo agresivo de la cegadora luz del flexo frente a la resignada discreción de las antiguas lámparas de estilo, cubiertas además por una sobretela, incide en esa idea de invasión aséptica, indeseada y ultrajante. La escena no es casual. Ya en otras obras de Tanizaki había sido el de la luz un tema recurrente. El insinuante final de Hay quien prefiere las ortigas, en la más oscura de las estancias de la casa –dispuesta por la geisha del anciano–, aderezado con el fortísimo erotismo de las mosquiteras que luego explotará Mishima (hechas memorable símbolo del adulterio en El templo del Pabellón Dorado), supone el rendido reconocimiento por parte del joven Kaname, y tras muchas reticencias, de la tradición. Para Tanizaki, el seductor límite entre las culturas de Oriente y Occidente siempre vino marcado por una evidente distancia en el empleo de la luz. Ello se hace patente en una de sus obras menos mencionadas –a pesar de ser texto de culto entre restringidos círculos devotos–, con seguridad por su formato más próximo al ensayo: el Elogio de la sombra. Curiosamente, este breve tratado de estética retoma muchos de los temas que daban cuerpo a la trama de Hay quien prefiere las ortigas: la estridencia del Kabuki frente a la modestia del No, la sombría belleza de las lacas decoradas, la necesaria oscuridad en las estancias orientales (sobre todo en las más íntimas), la apagada presencia del austero tokonoma en la casa japonesa, el atractivo de las tonalidades suaves en gastronomía... El Elogio de la sombra es, por tanto, una vez más, una mirada detenida en la contemplación del límite. Sin embargo, se aprecia en el autor un cambio radical de perspectiva. En Hay quien prefiere las ortigas (escrita entre 1928 y 1929) el protagonista es un joven partidario de las moderneces occidentales, exactamente igual que el propio Tanizaki despreocupado y bohemio, lector de Baudelaire y Wilde, afincado hasta poco tiempo atrás en la avanzada Tokyo. Sólo cuatro años más tarde, en 1933, Junichiro Tanizaki “sienta la cabeza”, y ya instalado en Kyoto-Osaka (emblema del Japón más reaccionario), escribe el Elogio de la sombra. Para entonces, el escritor cuenta con cuarenta y siete años, y se expresa en términos idénticos a los del “anciano” cincuentón (así es calificado) de Hay quien prefiere las ortigas. La perversidad y la complacencia en las ruinas han desaparecido, y sólo resta el contorno nítido de un límite: el trazado por la luz contra la sombra. En La llave, un Tanizaki de setenta años medita con el cuerpo de un hombre de cincuenta y seis acerca de su propia debilidad en la frontera, de lo indefinido de sus posiciones entre el Este y el Oeste; se deja acunar entre el instinto y la razón. Entretanto, Ikuko, la remilgada esposa intransigente, va al encuentro de su amante en un moderno hotel de Tokyo; al despedirse del esposo, el destello de una joya occidental se recorta en su piel color de luna.
Comentarios
Leí su texto con especial interés, buscando en la web info. sobre La Llave, me he topado con su artículo, que en verdad me abrió caminos hacia otras obras y autores, muchas gracias por compartir su fina crítica literaria.
Con admiración: Rafael Ríos.
Gracias a usted por aus generosas palabras. Es cierto que la literatura oriental siempre me ha fascinado. Le conduzco interesadamente hasta este otro texto: http://hablemosdvictorias.blogspot.com/2008/02/porcelana-negra.html
Saludos cordiales.
Te comparto mi blog: www.severaemancipacion.blogspot.com
Saludos desde el sur de Chile...
Carlos...
me han parecido unas ideas muy interesantes. Estoy haciendo un trabajo universitario sobre "La llave" y me han dado varias pistas. Sólo un apunte, Ikuko, la mujer del protagonista de "La llave" se encuentra con su amante en un hotel de Osaka, no de Tokio.
Saludos
Enrique Gil