EPITAFIOS. Viva poesía de la muerte

El tema de la muerte, atractivo a la par que ineludible, ha suscitado mil incursiones desde todos los géneros de la literatura y desde el pensamiento, mil intentos de reflejar las ramificaciones de ese hecho, profundo por sus implicaciones no ya físicas, sino sobre todo emocionales. Sin embargo, pocos son los que han reflexionado sobre la perplejidad que pudo suponer el descubrimiento, el hallazgo inesperado de la primera entre todas las muertes. El poeta Jaime Sabines ha sabido reflejar con crudelísima inocencia el desconcierto ante esa vez primera, suceso impensable para Adán durante el efímero Paraíso: “Eva ya no está. De un momento a otro dejó de hablar. Se quedó quieta y dura. En un principio pensé que dormía. Más tarde la toqué y no tenía calor. La moví, le hablé. La dejé allí tirada. Pasaron varios días y no se levantó. La arrastré fuera y le puse bastante paja encima. Diariamente iba a ver cómo estaba, hasta que me cansé y la llevé más lejos. Nunca volvió a hablar. Era como una rama seca. Yo la he estado mirando. Es inútil. Cada vez es menos, pesa menos, se acaba”.
En esta viñeta, perfilada sobre el cuadro general de la bíblica historia de los padres por antonomasia, resalta más que nada el asombro ante el silencio y la quietud de la Eva muerta, pero también el afán adánico por apartar el cadáver y ocultarlo, su merodeo en torno al improvisado túmulo vegetal que sin querer se convierte en centro de un recuerdo. Creo que esta visión poética enraizada en la mitología es capaz de ilustrar a la perfección cuál es el propósito remoto de los epitafios: lograr que los muertos sigan hablando, para que así ilusoriamente y a su vez puedan los vivos seguir hablando con ellos. El Adán de Sabines se lamenta en especial de que Eva nunca volvió a hablar. Los griegos, de idéntico modo, encontraban en este mutismo de los muertos una fuente insufrible de pesadumbre; así lo manifiesta una inscripción: “Madre mía, te llamo. ¿Por qué este silencio? Te lo ruego. Nada dices y estoy lleno de inquietud”.
La idea de la pervivencia del finado entre los vivos puede decirse que es una invención griega. Los egipcios, como bien ha indicado Erwin Panofsky, no tenían interés, una vez muertos, en perdurar de ningún modo entre quienes sobreviven. En cambio, la Antigüedad griega empleará el monumento funerario como medio de llamar la atención sobre el difunto, y el epitafio encarna las últimas y eternas palabras de éste, siempre frescas en cada nueva lectura. El íntimo espíritu de este artificio lo asimilará genial, siglos más tarde, Quevedo en su magnífico soneto: “Escucho con mis ojos a los muertos”.
En el mundo griego, en consecuencia, el epitafio deja a un lado un propósito meramente funcional (por otra parte, primordial en su origen) para convertirse en género literario. Así es como el estremecimiento de la piedra ante la muerte se transformó en ingenio, y la imaginación estética pasó a adornar lo que de estrictamente experiencial podía albergarse en la carrera de la vida de cualquier difunto. Ya con posterioridad, ni siquiera los romanos, tan pragmáticos, lograron sustraerse a la fascinación de la entelequia del muerto dialogante. Por llegar más lejos, no faltaron incluso quienes se sirvieron de la vitalidad intrínseca del epitafio como elegante manifestación de ironía en un plano puramente literario; Ovidio, por ejemplo, aporta en sus “Amores” el figurado y postrero testimonio del papagayo de su amiga: “De mí cabe pensar por mi sepulcro/ lo mucho que a mi dueña complacía:/ fue mi boca para hablar adoctrinada/ mejor de lo que a un ave corresponde”.
Propia fue también de los romanos la apelación amenazante al profanador de tumbas. Esta tradición es recuperada inesperadamente en unos versos que aún pueden leerse en la iglesia de la Santísima Trinidad, en Stratford-on-Avon: “Buen amigo, por Jesús, abstente/ de cavar el polvo aquí encerrado./ Bendito el hombre que respete estas piedras/ y maldito el que remueva mis huesos”. Se trata del supuesto epitafio de William Shakespeare. La leyenda quiere ver en este texto la ocasión última –y grave como pocas- en que el dramaturgo regresó a la escritura, tras su retiro de los teatros en 1613. Con independencia de que el epitafio en cuestión –despojado, por cierto, de todo honor mundano- deba atribuirse en verdad a la pluma de Shakespeare, es constatable la inclinación evidente de varios poetas a redactar sus palabras más perennes; incluso en la mismísima Edad Media (etapa que –según Huizinga- no conocía en relación con la idea de la muerte lo elegiaco ni la ternura), poetas como Villon aportan su peculiar, liviana dialéctica versificada al mundo de los vivos: “Aquí duerme y yace quien amor mató/ con su dardo, un pequeño y pobre estudiante/ que se llamó François Villon./ No tuvo nunca ni un palmo de tierra./ Todo lo dio y eso el mundo lo sabe:/ mesas, tablados, cestos y pan./ A Dios rezad por él estos versos:/ Concédele reposo eterno, Señor,/ y claridad eterna, a quien no tuvo/ escudilla ni una brizna de perejil./ Fue rapado, barba, cabeza y cejas,/ como un nabo al que se pela.”
En otros casos –y esto ya en un marco cronológico bien diferente- la conversación con el difunto puede resultar hasta escalofriante, por lo intuitiva de las circunstancias de la muerte. Rilke, fallecido en su mortal encuentro con la flor más celebrada por la poesía de todos los tiempos, ofrece al lector desde su tumba, en la montaña de Rarogne, un epitafio sorprendentemente premonitorio: “Rosa, oh! pura contradicción, alegría de no ser/ el sueño de nadie bajo tantos párpados”.
El siglo XX se mostrará particularmente afecto al cultivo del epitafio desde una perspectiva singular, cual es la del epitafio no propio, sino recreado. Ya Eliot avanzó la relación de la escritura con la muerte, y por tanto, lo ineludible de escenificarla en el poema: “todo poema, un epitafio”. Significativa en grado sumo es la “Antología de Spoon River”, nacida en 1915 a raíz de la lectura por Edgar Lee Masters –abogado en Chicago– de los epigramas sepulcrales de la helénica “Antología Palatina”. Con sus versos apenas rimados, asistimos a un desfile de lápidas en un cementerio de una pequeña ciudad imaginaria del Medio Oeste: Spoon River. Las voces cruzadas de los muertos que duermen en la colina, y que a una leve señal del poeta se despiertan de sus infiernos, purgatorios y breves paraísos, desenmascaran las hipocresías del poder, las mentiras de los amantes o las angustias de los justos, para restablecer la verdad y desvelar la desintegración de los antiguos códigos morales tras el espejo de la respetabilidad. El halo de influencia de esta antología se prolonga aún hasta nuestros días, en que un jovencísimo Bruno Mesa evoca un demoledor remedo del “William Jones” que en ella se contiene, y que encubre al tiempo –pienso- una propuesta de epitafio personal: “No me cubráis con conchas del río./ Enterradme desnudo y sin rituales/ en una noche sin luna de un día cualquiera./ Viví sin asombro, odiando la tierra y el cielo./ Nunca participé en el eterno desfile de la vida./ Fui una sombra que camina sobre la sombra del mundo”.
También Pessoa compuso una serie de epitafios en lengua inglesa, que constituyen poemas auténticamente inspirados en los epigramas funerarios de la Antigüedad. Fernando Pessoa, que bajo la máscara de su heterónimo Ricardo Reis quiso ser un epicúreo y angustiado Horacio, supo ver los melancólicos matices que escondía un género sólo convencional en lo aparente. Con retórica y fórmulas grecolatinas, se nos propone una sentimentalidad perfectamente válida en el siglo XX: “Nosotros, que aquí yacemos, nos quisimos. Esto nos deniega./ Mi mano perdida se desbarata donde está el hueco de sus senos./ es el amor bien conocido: cada amante es anónimo./ Nos sentíamos a gusto. Besad: así era nuestro beso”.
Éstas y otras muchas, son audaces incursiones, todas ellas, en el mundo de la muerte a través de la escritura. Recorrido, a la vez, curiosa y justamente inverso al que persiguen las palabras de los muertos, celosas de un frágil latido, de un aliento fugaz, en la lectura casual del viandante. Paradoja que es posible, como el intercambio sutil de muerte y vida, únicamente en poesía.

Comentarios

emetorr1714 ha dicho que…
Ana, me gusta todo lo que escribes sobre este tema que tanto me apasiona.Ya que nombras a Pessoa, aquí te dejo trozitos de poemas que nunca olvido.

No duermo,ni espero dormir.
Ni en la muerte espero dormir.
No duermo; yazgo,
cadáver despierto...

Todos tenemos dos vidas:
la verdadera,que es la que soñamos en la infancia,
y que continuamos soñando,adultos,
y la falsa,que es la que vivimos en convivencia con los demás,
que es la práctica,la útil,
aquélla en la que acaban por meternos en el ataúd.
En la otra no hay ataúdes,ni muertes,
hay sólo ilustraciones de infancia:
En la otra somos nosotros,
en la otra vivimos;
en esta morimos,
que es lo que vivir quiere decir;

Es curioso que a Pessoa, que tantos
escritos dejó hablando de la muerte, la suya pasase casi inadvertida.
Te recomiendo-si es que no lo conoces- el libro "El año de la muerte de Ricardo Reis" de Saramago.
Un saludo de Fandestéphane.
ana de la robla ha dicho que…
Me alegra verte merodeando por mis casas, Fandestéphane :-) El libro de Pessoa lo conozco, claro está. Gracias en todo caso por la recomendación y por tus aportaciones. Un abrazo.