DELICADO CALDARA INAUGURAL

En el contexto de la «nueva normalidad» todo resulta extraño, y en el caso del Festival Internacional de Santander esto se ha traducido en una suerte de inusual «inauguración», que se ha desarrollado previamente en los Marcos Históricos en lugar de hacerlo, como es costumbre, en la Sala Argenta. Con las medidas de seguridad sanitaria propias de las últimas semanas —dispensa obligatoria de gel hidroalcohólico a la entrada, distancia controlada entre los asistentes, uso de mascarilla, ausencia de programas de mano— accedimos a la Iglesia de la Asunción de Torrelavega para asistir a la cita protagonizada por el ensemble La Ritirata. Bajo la exquisita dirección de Josetxu Obregón, cumple La Ritirata su décimo aniversario y lo celebra con nuevo disco y gira —parcialmente truncada hasta ahora— de conciertos, con la obra de Antonio Caldara como objeto de oportuno homenaje; y decimos oportuno en tanto se cumple en este 2020 el 350 aniversario del nacimiento del compositor. Es de agradecer que se le preste la atención debida por parte de músicos e instituciones.
De entre la no escasa producción de Caldara —y no muy explorada, dicho sea de paso— reúne Obregón un escogido ramillete que tiene como nexo común la excelencia del violonchelo y su relevante presencia en algunas de las más inspiradas páginas del maestro veneciano; algo que por otra parte no sorprende en exceso si se tiene en cuenta que Caldara era un soberbio virtuoso del instrumento.

La formación en este caso estuvo integrada por chelo barroco (Josetxu Obregón), tiorba (Daniel Zapico), clave (Ignacio Prego) y flauta (Tamar Lalo), además de contar con las voces de Eugenia Boix (soprano) y Luciana Mancini (mezzo). El programa, muy bien trazado por el director, permitió apreciar todas las facetas de los diferentes papeles asignados por Caldara al violonchelo, lo mismo como voz principal en piezas instrumentales, en perfecta conjunción con el bajo continuo (así en la preciosa Sinfonía en Re Mayor en cuatro movimientos que dio inicio a la velada), que en perfecto diálogo con soprano o mezzo en los pasajes cantados (gran belleza la de la cantata Vicino a un rivoletto, lo mismo que la de las arias Soffriró pene e tormenti o la dramática Pompe inutili, desgarrado planto mariano extraído de la Maddalena ai piedi di Cristo) o, incluso, como audaz interlocutor con flauta y voz (exquisita muestra en la exuberante e inédita cantata Porgete per pietà).

La deficiente acústica del templo no logró empañar el magnífico desempeño del chelo (qué gran instrumento el de Obregón y qué fraseo y qué calidez de sonido y qué delicado entusiasmo) y de tiorba y clave en el continuo. En menor medida se apreciaron los matices del viento, tal vez demasiado esquinado en la disposición del ensemble, aunque en la cantata de cierre, donde su parte es muy notable, se logró hacer más presente y desplegar su virtuosismo. También se perdieron en general jugosos detalles de los pasajes más rápidos, precisamente por lo peculiar del escenario; es el precio que a menudo se hace pagar a la música por la supuesta singularidad del marco. 

Otro de los grandes placeres de la noche fue la mezzo chilenosueca Mancini, que hizo gala de un bello timbre y una técnica impecable con cuidada proyección y un delicioso fiato, amén de una gran expresividad. Mezzo y soprano, que intervinieron separadamente durante todo el concierto, se reunieron en la única propina final de la noche, sobrevenida tras los cerrados y merecidos aplausos del público: una bonita versión del monteverdiano Pur ti miro, una de las arias de amor más conmovedoras de la historia de la música.