13 febrero, 2017

LA SONRISA DE WISLAWA SZYMBORSKA

Miro fotografías de Wisława Szymborska. Todas ellas tienen un rasgo en común, aunque quizás en algunas ese rasgo sobresale más que en otras: pocas veces he visto un rostro tan afín a la escritura de quien lo posee. No sé muy bien —«no sé», esa expresión tan querida por Wisława— si la expresión de la poeta fue haciéndose así a fuerza de escribir, o si por el contrario en ese gesto con que abordaba el mundo y su extrañeza se albergaba la semilla de lo que había de alumbrar en el papel. En el rostro de Wisława hay sencillez, hay ironía, hay ternura. Y siempre una sonrisa, cálida y un tanto socarrona, que desarma con franqueza insostenible a quien se encara con ella. Solo tras esa peculiar sonrisa que tiene un algo pictórico nos es dado intentar adivinar quién fue en realidad la escritora que nos dejó hace ahora justamente cinco años, legándonos tan solo ese gesto tan propio y sus palabras, igual que se abandona silenciosamente un sobre encima de una mesa. 
Szymborska cultivó con devoción una existencia discreta donde otros frecuentan el escándalo: se lo ha puesto muy difícil a sus biógrafos. El mejor intento de aproximación lo tenemos en un volumen publicado por Pre-Textos en el año 2015: Trastos, recuerdos. Una biografía de Wisława Szymborska, tejido por las periodistas Anna Bikont y Joanna Szczęsna. Y digo tejido porque más que narrar —mucho menos chismorrear— lo que hace es presentar —con la colaboración activa, o tal vez resignada, de la escritora polaca— un tapiz de más de 600 páginas de conversaciones, de textos rescatados, de apuntes aceptados, de memorias pespunteadas, de anécdotas más o menos aisladas, de fotografías en las que invariablemente sonríe…, a partir del cual el lector puede hacerse su particular collage de la poeta que recibió el Nobel de Literatura en 1996. A través de esos pecios intuimos la dura infancia de Wisława, cuya educación se vio truncada por el cierre de su escuela a causa de la ocupación alemana en 1939. Tenía entonces 16 años: los mismos con los que vio los primeros cadáveres de los soldados; los mismos con los que seguía el curso del camino literalmente helado que la llevaba hasta las clases clandestinas que impartían unas monjas ursulinas; los mismos con los que sopesaba las palabras de sus poemas iniciales. También por entonces vio partir hacia la muerte a dos amores juveniles. Tal vez en aquellas precoces experiencias, demasiado brutales y demasiado sencillas, se fraguó su adusta relación con lo real y su opción por la escritura como único medio de asomarse al mundo y de instalarse en él. Después vendrían los años posteriores a la guerra y los estudios de filología y sociología y el advenimiento del comunismo y su propia implicación intelectual —en aquel escenario trabaría amistad con Czesław Milosz y matrimonio con Adam Wlodek—, aunque después abjuraría con firmeza de ese periodo militante y de su consecuente producción, puesta ingenuamente al servicio de la ideología estalinista. Cambió de tono literario y de casa —tuvo que mudarse al minúsculo «cajón» que aún puede verse y debe visitarse en el 82 de la calle Królewska, en Cracovia—, y se recluyó entre amigos y palabras, dando pocas señales públicas de vida más allá de sus libros y sus críticas y reflexiones, publicadas continuadamente bajo el nombre de Lecturas no obligatorias. 
Esos textos y más acaban de ver la luz precisamente en esta semana en un volumen publicado por la editorial Malpaso con el título de Prosas reunidas, que comprende toda la producción articulística de la Nobel polaca; una colección extraordinariamente fresca y espontánea en la que podemos atisbar la deliciosa visión que nos ofrecía de lo cotidiano, de la manera en que solo ella sabía hacerlo, entre aromas de brandy y chocolate. 
Desde que se fue Wisława —qué nombre tan bonito, con ese foulard en su ele—ya apenas queda quien se burle de los serios ropajes, un tanto trasnochados, del ritual oficiado por los chamanes del verso. Tampoco muchos nos llevan con su inimitable exquisitez hasta el umbral de la incertidumbre, hasta ese no sé qué que queda balbuciendo ante las grandes verdades, ante los grandes números, ante las grandes pautas que todo lo gobiernan, también ante las grandes injusticias que todo lo empañan: «Después de cada guerra / alguien tiene que limpiar. / No se van a ordenar solas las cosas, / digo yo. / Alguien debe echar los escombros / a la cuneta / para que puedan pasar los carros llenos de cadáveres. / ... / Aquellos que sabían / de qué iba aquí la cosa / tendrán que dejar su lugar / a los que saben poco. / ... / En la hierba / seguro que habrá alguien tumbado / con una espiga entre los dientes, / mirando las nubes».

LIBROS PARA ESPIAR


Anna Bikont y Joanna Szczęsna: Trastos, recuerdos. Una biografía de Wisława Szymborska. Pre-Textos, 2015. 676 páginas.

Imprescindible ramilletes de textos, recuerdos, testimonios y anécdotas para acercarse a la más íntima personalidad de la poeta polaca: escritos humorísticos, poemas, postales, fotografías, collages elaborados por ella misma, conversaciones… Todo se hila sin intención narrativa estricta, intentando más bien —con éxito— aportar un conjunto de palabras y acciones que ayudan a entender la verdadera personalidad de la escritora, aunque por supuesto no se elude una ordenación cronológica de los hechos biográficos y se aportan detalles que gustarán mucho al lector curioso. Un libro excelente sobre una poeta imprescindible del siglo XX.


Wisława Szymborska: Paisaje con grano de arena. Lumen, 2005. 192 páginas.

Antología de un centenar de poemas que constituye un buen acercamiento de conjunto a la obra de Szymborska. Otra interesante opción es Saltaré sobre el fuego, en editorial Nórdica, recientemente aparecida (2015).