DOS DISPAROS A LA ORILLA DEL WANNSEE


En ese precioso libro que es El nacimiento de la filosofía, Giorgio Colli recoge y destripa con su maestría habitual unas palabras de Heráclito, según las cuales lo primordial, lo esencial, gusta de esconderse, aportando así al mundo una sensación de incorporeidad que lo transforma en mera ilusión, en enigma inaprehensible que solo se soluciona con una fusión de contrarios. Ese páthos de lo oculto, por esa misma razón, no encuentra fácilmente la expresión verbal, que por fuerza entonces se aparece como entrecortada a veces, como impetuosa otras, como gélida también, o incluso sin palabras. En ese proceloso mar de olas enfrentadas se debate la personalidad y la escritura de uno de los grandes de la literatura alemana del XIX, Heinrich von Kleist, de quien hace justamente un mes y en este año se ha cumplido el bicentenario de su muerte, en cierto modo heraclitiana, pues junto a las aguas del Wannsee se despidió de la vida al poco de hacer los 34. Doscientos años más tarde de su desaparición, Von Kleist continúa siendo casi un extraño, un «tipo de paso» en la memoria literaria de tantos lectores, a pesar de contar con la rendida admiración de indiscutibles como Franz Kafka —a quien repetidamente se ha proclamado su sucesor por su estilo forense y cortante que conduce sin excepción a la catástrofe, y que vagaba de casa en casa leyendo teatralmente el Michael Kohlhaas, declarándolo absoluta obra maestra—, Thomas Mann —quien lo calificó como «un narrador completamente único, fuera de toda tradición y clasificación»— o Friedrich Nietzsche, que ya solicitó prematuramente con quince años como regalo de Navidad sus obras completas. 
Dos siglos más tarde del caótico y guerrero mundo que a Von Kleist le tocó en suerte —o más bien en desgracia—, aquella obra literaria alumbrada en apenas una década sigue hablándonos de la íntima contradicción del ser humano, de la patraña de la protección jurídica del individuo frente a una norma implacable, de la frágil llama de la verdad, de la imposibilidad de llegar al centro mismo de las cosas si no es a costa de una exaltación que se ve amenazada de continuo por la conciencia de la pérdida. Y ese torbellino apasionado de sangre circulante se expone desde la atalaya de la crónica, que encierra en sí el oxímoron de la aparente frialdad en el análisis de unos hechos y actitudes radicales y violentos. 
De Heinrich Von Kleist sabemos que era prácticamente tartamudo. Sus ominosos silencios, interrumpidos por arre-batadas intervenciones que se extinguían con la misma fiereza con que se encendían, desconcertaban e incomodaban a quienes le rodeaban, incluidos sus propios familiares, de modo que eran pocos los que le frecuentaban con talante amistoso. Él mismo lo admitió en una carta privada: «No sé lo que te he de decir acerca de mí, pues soy una persona inefable». Su enfrentamiento estilístico con el intocable Goethe le granjeó el desprecio de los aduladores y de la crítica literaria de su tiempo. Su propia conciencia de imperfección, de errónea raíz kantiana —errónea por derivar de una lectura sesgada del filósofo de Königsberg—, una imperfección que le hizo destruir algún que otro manuscrito en el que previamente había trabajado con intensidad, le condujo al fin a una percepción de oscuridad del mundo —retomamos aquí al Heráclito que mencionamos al comienzo— que solo halló vestigios de luminosidad en la literatura, a costa de un suicidio personal que ya se había consumado mucho antes de pegarle un tiro en el pecho a Henriette Vogel —una perfecta desconocida con la que pasó al azar sus últimas horas— y de pegárselo posteriormente él mismo en la boca. En la boca, quizá no por casualidad. Como un extremo Príncipe de Homburg que, negándose a hablar para defender su realidad, extirpara voluntariamente toda po-sibilidad lingüística, sellando con ello una deseada condena. 
Von Kleist encarnó los ideales de Apolo y Dionisos en un solo hombre. La serenidad de su prosa se ve sacudida por una extraña bacanal: la de los sentimientos que fluyen subte-rráneamente bajo palabras elegidas con cuidado, densas y prietas como el tejido de una soga en torno al cuello del lector. «Todo está revuelto en mí, como la estopa en la rueca», escribe. Sus personajes son como su propio creador: atormentados, delirantes, investidos de una obstinada razón que se convierte en ariete de una realidad inexorable. Todos ellos prefieren perder el juicio antes de ceder en su propósito, en la defensa de lo que creen auténtico. El silencio o la rebeldía lingüística son con frecuencia las únicas armas con que combaten estos desolados solitarios: el Príncipe de Homburg, Kohlhaas, la Marquesa de O, Littegarde... En ocasiones, la ironía narrativa o una socarrona apelación a lo sobrenatural, a modo de singular deus ex machina, descargan la tensión con que el escritor nos ha estado atenazando, en una súbita e inesperada reconciliación con el mundo: cosas que resultan de la peculiar asimilación y mezcla de la tragedia griega y las huellas indelebles de Shakespeare y Cervantes. 
Viajero impenitente, reaccionario insurrecto, aristócrata rebelde, pusilánime exaltado, escritor de oficio sin beneficio, exiliado consciente, altivo constante ante el rechazo de su entorno personal y literario. Todos estos rasgos y algunos otros más se fundieron en un hombre que entendió la vida como un fracaso externo necesario para atisbar el enigma, mágico y confuso, de lo real interno. «He hecho lo máximo que permiten las fuerzas humanas: he buscado el imposible. Todo lo he apostado en esa jugada. El dado está ya echado: ahí está... y he perdido», dice su Pentesilea. Dos disparos suenan a la orilla del Wannsee. Dos marionetas abandonan el teatro de los vivos para rozar un fragmento inasible de verdad.