CARNE EN EL ASADOR

De la mano de Miguel Narros, a partir de una adaptación de Juan Carlos Plaza-Asperilla, hemos asistido este fin de semana en el Palacio de Festivales de Santander a la recreación de uno de los grandes textos de la dramaturgia universal: La Señorita Julia, de August Strindberg. Poco puede decirse de Strindberg que no se haya dicho o escrito ya: el sueco esquizoide y fascinante que se entregaba a la fabricación del oro sigue seduciendo a lectores y espectadores de cualquier tiempo y lugar. Knut Hansum lo sentenció con sencillez: “No hay manera de relacionarse con él... A mí no me importa. A pesar de todo, sigue siendo August Strindberg”. Ciertamente. En todo caso, en cada representación –y ya sabemos de unas cuantas– de La Señorita Julia se entra en una rueda de más-difícil-todavía, un tour de force que encoge el corazón de los espectadores y sitúa a los actores ante una tesitura más difícil y arriesgada cada vez.
En este nuevo abordaje del complejo universo strindbergiano se ha querido Narros rodear de caras conocidas, para él y para los espectadores, en especial la de María Adánez en el papel de Julia (que ya había protagonizado la Salomé de Wilde “revisitada” recientemente por el mismo director y que resulta sobradamente familiar para los seguidores de series televisivas). Completan el elenco Raúl Prieto en el papel de Juan y Chusa Barbero como Cristina.
La obra de Strindberg viene originalmente precedida de un prefacio que ha sido al tiempo su luz y su perdición. Su luz, en cuanto apunta cuestiones metaliterarias e influjos interesantes: el fin del teatro, el naturalismo estilístico, el darwinismo temático, la huella de Nietzsche…; la perdición viene por lo mismo que le ocurre a toda obra con declaración de intenciones en forma de prólogo: que éste se convierte en ladrillo en el que inevitablemente se tropieza y se obliga a tropezar. El montaje de Narros no ha querido eludir el tropezón y presenta un montaje que se inicia precisamente con una escenificación de ese prólogo; una escenificación que se torna innecesaria a estas alturas, con una obra sobre las tablas más que conocida y que no requiere explicación alguna; hubiera sido más acertado transcribir una parte sustancial del prólogo de marras en el programa de mano. Salvado este obstáculo, comienza la obra en sí, en la que la música ostenta un peso relevante; en directo en ocasiones (a cargo de Andrea Szamek y Scott Singer) y pregrabada en otras, y siempre dedicada a subrayar cambios de acción o progresos psicológicos de los personajes.
Nada nuevo aportamos al declarar que el teatro de Strindberg rezuma violencia y crueldad, y que sus personajes son marionetas zarandeadas por el resentimiento, el horror y la perversidad. Ahí reside su espantoso magnetismo. Ahora bien, esos rasgos pueden encararse con recursos escénicos diversos, y es evidente que Narros no se ha decantado por la elipsis y la sutileza, sino por la diafanidad en su vertiente más –precisamente– “naturalista”. Los conflictos emocionales se exponen sin ambages, hay sexo explícito y violencia manifiesta, física y psicológica. Lo que no constituye en absoluto un demérito, sino tal vez un lenguaje acorde con el curso de los tiempos, un modo de traerse la Suecia del siglo XIX hasta nuestros días: días en que no hay criados pero sí deleznables trepas insolentes; días en que la “nobleza” del carácter, con independencia del color de la sangre, es una entelequia; días en que el menosprecio de la mujer sigue en vigor en determinados ámbitos; días en que continúa prevaleciendo la mezquindad del alma humana; días en que hombres y mujeres luchan a muerte cotidianamente con sus contradicciones.
El de Julia –que constituye una suerte de contraposición a la Nora ibseniana– es un personaje complejo en grado sumo, es una prueba de fuego para cualquier actriz, y María Adánez pone toda la carne en el asador para abordarlo, aun con resultados desiguales. En líneas generales, está brillante en lo que podríamos llamar “primera parte” de la obra (todo el proceso de ambientación y seducción hasta la consumación sexual con el sirviente, presentada descarnadamente pero no sin elegancia escénica), si bien decae en la segunda, apreciándose cierto cansancio interpretativo, motivado tal vez –esto no debe perderse de vista– por las oscilaciones anímicas que Strindberg impone a sus caracteres en este pasaje. Raúl Prieto se muestra más uniforme a lo largo de toda la obra, realizando un esfuerzo notable por aportar más matices a un personaje básicamente rastrero; los años le restarán vigor acrobático pero le aportarán sin duda el punto de madurez que aún le hace falta. Chusa Barbero se mueve con corrección e incluso desparpajo en su, por lo demás, secundario papel.
El planteamiento escénico de Andrea D’Odorico es sobresaliente: atractivo, inteligente y funcional. Una amplia cocina de servicio con toques industriales… y unas botas perpetuamente presentes y manipuladas –las botas del Conde, el amo y señor de la casa– como recordatorio y símbolo de los valores inquebrantables y al tiempo mancillados. Narros demuestra en el montaje que sabe dirigir con proverbial efectividad a sus actores, proponiendo un Strindberg muy dinámico y visceral, aunque quizá cabe achacársele que no es capaz de sortear con éxito el farragoso remate del tramo final. Muy bien el vestuario de Ana Rodrigo y la iluminación de Juan Gómez-Cornejo. En suma, una amena y cuidada revisión del clásico de Strindberg que, por supuesto, no es definitiva, y que seguirá conociendo innúmeras versiones en su condición de clásico inmortal.

Comentarios

Ulysses ha dicho que…
Primera vez que paso por este blog, estoy impresionado por la belleza y calidad de la crítica

Saludos y felicitaciones
ANA DE LA ROBLA ha dicho que…
Querido Ulysses: Encantada de tu atraque en esta isla :-) Gracias por tus palabras.
José Antonio ha dicho que…
Qué voy a contarte,más que ser compañero de naufragio también en estas latitudes.
;-)
ANA DE LA ROBLA ha dicho que…
Espero que no de naufragio, sino de cabotaje :-) Beso a toda vela.